En las últimas horas, el Gobierno federal y particularmente el de la CDMX, han incrementado los puntos de vacunación y el personal médico para combatir el brote de sarampión.

La prisa tiene dos justificaciones.

La primera, desde luego, tiene que ver con los costos de salud pública.

Habría sido más fácil y barato vacunar que atender la crisis que tiene al borde de un ataque de nervios a los funcionarios del sector salud, pues el brote sigue creciendo a pesar de la vacunación.

La Organización Panamericana de la Salud (OPS) concedió a México un plazo de 60 días (ya pasaron 30) para erradicar el brote; si no lo hace en el plazo fijado, el país perdería la certificación como territorio libre de la enfermedad, con todas las consecuencias, sociales, políticas y económicas que ello representa.

No sería la primera vez que un país latinoamericano perdiera dicha certificación.

En los años 2018 y 2019, Venezuela y Brasil, respectivamente, perdieron ese importante reconocimiento y se tardaron ¡cinco años! en volver a recuperarlo (Venezuela en el 2023 y Brasil en el 2024).

Pero México tiene un agravante que le juega en contra.

La crisis de salubridad detonó justo en los meses previos al partido inaugural del Mundial de futbol, programado para el 11 de junio próximo.

A partir de hoy, faltan 113 días para que llegue la fecha y al Gobierno mexicano le urge terminar con el brote antes que la FIFA o el propio Donald Trump amenace no solo con llevarse la inauguración sino los 13 partidos mundialistas que tendrá México.

Hasta ayer, había 9,850 casos confirmados y 31 fallecidos.

A ningún aficionado al futbol, por fanático que sea, le gustaría visitar un país en medio de una mini pandemia de lo que fuera.

Corre el cronómetro para las autoridades, no solo sanitarias; ya anunciaron que se instalarán macro centros de vacunación y ayer se vió en algunas calles de Iztapalapa brigadas de personal de salud tocando casa por casa.

Igual que se hacía cuando la ciencia y la medicina importaban más que la ideología y la mitomanía.

****

Decía Fidel Velázquez, cuando se refería a un político que no daba el ancho, que el sujeto “no servía ni para sacar un perro de una milpa’’.

Desde que el exdirector de Materiales Educativos de la SEP, Marx Arriaga, montó su show, muchos morenistas le aplicaron el dicho del cetemista a Mario Delgado.

No solo fue vergonzoso el vodevil del exfuncionario, sino el hecho de que el propio Secretario de Educación, a quien Arriaga había insultado y acusado de traidor “al obradorismo’’, fuera incapaz, como su jefe directo, de removerlo y sacarlo de su oficina.

Arriaga no se quedó de gratis 100 horas ocupando una oficina que ya no era suya nomás porque sí.

Algo habrá negociado en ese tiempo, seguro, como también se dice que no se salió porque “alguien’’ que tuvo poder el sexenio pasado le aconsejó que no se fuera, hasta que hubiera algo negociado.

Ya se verá en los días por venir.

****

Mala señal, muy mala, para los morenistas debería representar el hecho de que el Verde y el PT lograran imponerse a la presidenta Claudia Sheinbaum.

Según Ricardo Monreal, no hay acuerdo con las rémoras morenistas en materia de plurinominales y financiamiento a los partidos políticos por lo que Sheinbaum podría enviar una iniciativa de reforma electoral descafeinada; la posible y no la que ella deseaba.

A ver cómo viene el documento final.

 

    @adriantrejo