Las elecciones de Coahuila dejaron a la oposición y al partido del gobierno por lo menos tres lecciones que marcarán la disputa política a partir de ahora hasta las elecciones del 2030.
La primera es, sin duda, el revitalizamiento del PRI.
El tricolor, al que muchos dan por muerto, se llevó las 16 diputaciones de mayoría relativa en el estado, en una sociedad con un pequeño partido local, el Unidad Democrática de Coahuila.
El PAN perdió los cuatro distritos de mayoría que había ganado en la elección anterior y, aunque tendrá quizá dos diputados por la vía plurinominal, no deja de ser también una derrota para el blanquiazul.
Morena pagó el precio de la soberbia y el hecho de haber confiado el proceso a Andy López Beltrán, que huyó de la responsabilidad hace unos días, sabiendo de antemano que se avecinaba un tsunami tricolor en la entidad.
López Beltrán es un pésimo estratega político.
Morena le confió también la elección en Durango y los resultados son de sobra conocidos; también fue arrasado.
Tarde se dieron cuenta los morenistas que el apellido no basta para generar empatías ganadoras, menos cuando el talento no sobra, sino todo lo contrario.
La segunda lección tiene que ver con la propuesta del presidente del PRI, Alejandro Moreno, de ir en coalición a las elecciones del 2027 sino de manera total, sí en los distritos federales, gubernaturas y presidencias municipales importantes en los que se pueda competir para ganar, no solo para dejar testimonio.
El resultado de la elección en Coahuila debió haber provocado por lo menos un acto de reflexión en la cúpula panista.
La dirigencia nacional del partido, que encabeza Jorge Romero, cometió un error de primaria al cancelar cualquier posibilidad de alianza o coalición a nivel federal con otros partidos, tratando de recapturar a la militancia que dijo perdió el albiceleste cuando se coaligó con el PRI.
Lo no que dijo es que en esa alianza, que postuló a la panista Xóchitl Gálvez a la Presidencia, el tricolor fue el partido que cargó con la mayor pérdida.
La tercera lección es para Morena.
La soberbia con la que se conducen los dirigentes del partido del gobierno ya les ha cobrado factura en dos elecciones pasadas: en Veracruz perdieron más de 900,000 votos y en Durango el guinda apenas pintó para no desaparecer.
El voto de castigo.
Si bien Morena tiene todos los recursos a su alcance para ganar una elección (comenzando por los multimillonarios programas sociales que son utilizados como herramienta de coerción del voto), sus cotidianos escándalos y el sello de ser aliados de la delincuencia organizada ya les pasaron factura.
Dicen que una golondrina no hace verano y tiene razón, pero una avisa que por ahí puede llegar la parvada.
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El coordinador de los diputados del PT, Reginaldo Sandoval, sondea sus posibilidades de ser candidato a la gubernatura de su natal Michoacán aunque sus posibilidades son casi nulas.
En cambio, la diputada local Fabiola Alanís se ha convertido en la precandidata mejor posicionada en las mediciones de Morena.
Más allá del porcentaje de reconocimiento, el dato relevante es la calidad de la percepción que genera.
Mientras buena parte de los aspirantes enfrenta altos niveles de rechazo conforme aumenta su exposición pública, Alanís mantiene una opinión positiva superior a la negativa, una condición que suele ser determinante en procesos internos donde la competitividad electoral pesa tanto como la viabilidad política.
El estudio también revela que la presidenta de la Junta de Coordinación Política conserva atributos que Morena valora especialmente: cercanía con la ciudadanía, honestidad y una imagen pública sin sobresaltos.
@adriantrejo
