Hay algo rarísimo en la política mexicana, y es que los ciudadanos hemos decidido trabajar gratis como abogados de políticos que ya tienen abogados, y con en ese fanatismo se nos ha olvidado lo más importante: que el poder no es de ellos, es prestado.
Thomas Hobbes, filósofo inglés del siglo XVII, llamó Leviatán al Estado tomando el nombre de un monstruo bíblico enorme y poderosísimo como una forma de representar el poder al que cedemos parte de nuestra libertad (incluido el uso legítimo de la fuerza) para no vivir en una guerra permanente de todos contra todos. Y aunque su conclusión era más autoritaria de lo que aceptaríamos hoy en una democracia moderna, su filosofía nos dejó una intuición útil: el Estado es gigantesco porque nosotros, los ciudadanos, lo hacemos gigantesco.
De este modo, un servidor público, entonces, no es nuestro ídolo, sino es una figura que administra recursos que no son suyos y que tiene facultades que tampoco le pertenecen, sino que son prestadas para establecer un orden. En democracia ese poder se fragmenta entre poderes y niveles de gobierno para recordarle a quien manda que su poder es temporal y revocable.
El problema empieza cuando dejamos de ver a los partidos como herramientas y los convertimos en identidad. “Prefiero este proyecto” se vuelve “yo soy de los buenos”. Entonces cambia nuestra vara: lo que nos parecería autoritario, corrupto o incompetente si lo hiciera el adversario empieza a parecernos defendible cuando lo hace el nuestro.
En este sentido, hay una prueba sencilla que puedes hacer cada vez que quieras evaluar una acción política: cambia el logo del partido en la misma noticia. Si cambia tu opinión, quizá no estabas evaluando el acto objetivamente, sino que estabas defendiendo a tu equipo favorito.
Por eso conviene tatuarnos una regla democrática como ciudadanos: nunca le concedas a tu político favorito un poder que te daría miedo ver en manos de su adversario. Porque los gobiernos cambian y las reglas que normalizamos se heredan.
Por ejemplo, Morena pidió al INE retirar publicaciones del PRI que lo llamaban “narcopartido” y “narcogobierno”, y el INE concedió medidas cautelares. Puedes considerar esas expresiones irresponsables o injustas con todos los integrantes del partido, incluso, de pésimo nivel político, pero cambia los papeles y piensa: si mañana Morena fuera oposición, ¿querrías que un gobierno panista pudiera acudir al árbitro electoral para intentar retirar expresiones de crítica de Morena contra el PAN?
Del otro lado, Marko Cortés ha defendido aceptar ayuda de Estados Unidos contra los cárteles. Y claro que México puede cooperar internacionalmente en seguridad, pero haz el mismo ejercicio: si mañana el PAN vuelve al gobierno, ¿te parecería igual de razonable que Washington decidiera qué funcionarios panistas investigar, a quién retirarle la visa, qué cuentas congelar o qué operaciones considerar suficientemente graves como para intervenir políticamente sobre México?
Y ahí está justo el punto: no tenemos que ser leales a los partidos, tenemos que ser exigentes con el poder y leales con nuestros principios.
Si Morena gobierna, se le exige como gobierno. Si PAN, PRI o MC gobiernan un estado o municipio, también. Y si son oposición, se les exige que investiguen, fiscalicen, propongan y funcionen como contrapeso y no comentaristas de redes sociales.
Al final, los políticos ya tienen abogados, nuestra tarea no es defenderlos, es recordarles quién trabaja para quién.
Porque el poder puede cambiar de manos, pero nuestros principios no deberían cambiar con él.
@the.red.flamingo
