Si a San Nicolás de Bari le contaran que hoy vive en el Polo Norte, rodeado de renos y cadenas de suministro, quizá pediría ver la letra chiquita de su contrato. Y, sin embargo, ahí está: el obispo del siglo IV convertido en empleado estrella del capitalismo.
San Nicolás fue de obispo de Myra, en la actual Turquía, y murió hacia el año 343. Sus restos fueron trasladados a Bari en la Edad Media y pronto el 6 de diciembre se convirtió en día de regalos discretos, frutas, dulces y alguna moneda en el zapato. En el norte de Europa, los niños dejaban sus zapatos o botas en la puerta, esperando algo de “Sinterklaas”, el San Nicolás neerlandés.
El primer gran empujón capitalista no vino de una fábrica de juguetes, sino de la migración. Los neerlandeses que fundaron Nueva Ámsterdam llevaron consigo a su “Sinterklaas”. Con los años, aquel santo de botas y mitra se fue adaptando al nuevo ecosistema urbano, perdiendo ropaje litúrgico y ganando barriga, carcajada y nombre anglosajón: Santa Claus.
Comienza a caracterizarse como un viejito bonachón en trineo, con renos y chimeneas. El obispo se va pareciendo cada vez menos a un padre de la Iglesia y más a un gerente simpático de temporada alta. Luego entra en escena la publicidad. Grandes almacenes descubren que funciona muy bien para atraer familias; campañas navideñas lo imprimen por todas partes, estabilizan colores, barriga y sonrisa. San Nicolás deja de trabajar el 6 de diciembre para mudarse definitivamente al 24. Antes repartía monedas en secreto; ahora preside inauguraciones de árbol, sesiones de fotos y promociones a meses sin intereses.
¿Es una traición? ¿Una degradación? El capitalismo no se hace esas preguntas: toma un santo famoso por su generosidad, lo mezcla con folclore nórdico, poesía neoyorquina y caricatura victoriana, y genera un ícono global reconocible en cinco continentes.
Y, sin embargo, debajo de las capas de anuncio sobreviven restos del original. Muchas familias siguen usando a Santa Claus para pensar qué podría alegrar al otro, comprarlo, envolverlo y dejarlo sin firma bajo un árbol. Bajo la barba publicitaria asoma, de vez en cuando, la sombra del obispo que salía de noche para que nadie viera que era él quien dejaba la bolsa de oro.
El capitalismo hizo lo suyo: cambió el uniforme, amplió la zona de reparto y le puso renos. Pero, en medio del ruido de cajas registradoras, el viejo mensaje altruista sigue colándose, discretamente, entre el papel de regalo y los villancicos.
