A la hora de teclear estas líneas, todavía no sabemos si la presidenta Sheinbaum va a estar o no en el Zócalo para la inauguración del Mundial. La razón, al margen de que finalmente el Gobierno federal le llegue al precio a los extorsionadores del magisterio y tengamos un Zócalo sin vándalos para el Fan Fest, aparte de un aeropuerto libre para recibir a los turistas y un estadio disponible para que juegue la selección, es clara y contundente: el gobierno fue derrotado por la CNTE. Derrotado, en términos futboleros, por goleada.

Es una derrota, una derrota cíclica, de entrada, que la ciudadanía, la chilanga y la oaxaqueña sobre todo, viva el calvario continuo de los bloqueos y la destrucción del patrimonio común.

Esa derrota, sin embargo, le tiene sin cuidado a nuestros gobernantes, que no padecen el tráfico, no pagan de sus bolsillos los arreglos y no ven un problema en que padezcamos algunas pequeñas molestias, como llegar tres horas tarde a la chamba o que nuestro negocio en el centro se vaya a la bancarrota.

En cambio, es una derrota por todo lo alto, para ellos, que la FIFA, a 30 y pico horas de la inauguración, no tenga del todo claro si va a haber tal cosa, porque el Gobierno es incapaz de usar a la fuerza pública, como debería, en nombre de la legalidad y el bien común, o, en su defecto, de negociar con eficacia el precio de la extorsión.

Como es una derrota que la Presidenta, que ya cargaba con la decisión de no inaugurar la Copa del Mundo en el estadio, tenga que prescindir del Zócalo, es decir, del que casi es el patio de su casa, es decir, del corazón mismo de la chilanguidad, porque lo decidió así un sindicato inmoral.

Sindicato, por si fuera poco, que ya había sido neutralizado por la administración de Peña Nieto, por la vía de cortarles el suministro de dinero si se negaban a chambear, y al que revivió el Peje, convencido, equivocadamente, de que podía controlar a esa fiera. Bueno, pues no. Él mismo padeció a la CNTE, que alguna vez incluso zarandeó la Suburban en que viajaba, y, sobre todo, le dejó la herencia endemoniada a Claudia Sheinbaum, que de todas maneras se niega a condenar a la Coordinadora, a la que ya no le aplaude los métodos, como antes, pero sí los fines. Que, por supuesto, son igual de indignos.

Ojalá, de verdad, que la Presidenta pueda estar en el Zócalo. Pero ojalá, sobre todo, que no sea porque, a cambio, hipotecó las pensiones de millones de mexicanos, las del ISSSTE, para satisfacer las demandas de unos impresentables.

 

    @juliopatan09