No es que interfiriera con los hábitos televisivos tuyos, míos, de tus cercanos y, según los ratings, que pueden engañar, pero no del todo, de casi nadie, porque no los veían básicamente ni sus familias, pero, grosso modo, es una buena noticia que, por las razones que sean, desaparezca la cosa esa del “Chamuco”, un programa en que un puñado de moneros lograban evitar minuciosamente el sentido del humor para dedicarse a hacer propaganda a mayor gloria del régimen, en canales públicos y, sobra decir, con recursos públicos. Como siempre digo, carpe diem, que es como se vive con los populismos.

La TV gubernamental no va a cambiar de rumbo, no para bien, pero hay que sonreír con cualquier pequeña buena noticia. Disfrutar el momento, y luego volver a amargarse.

La prueba de que las cosas no van a mejorar, sino en todo caso al contrario, es que, más o menos al mismo tiempo que se anunciaba el final del mamotreto, cuya mejor aportación tiene que ver con el humor involuntario de despedirlo como un “altavoz de la resistencia”, el Canal Once se dejó ir sin pudores y difundió, hasta en dos sesiones, con pocos días de diferencia, un documental ya no sobre la figura del licenciado López Obrador, sino incluso sobre uno, así, hay que subrayarlo: uno solo de los aspectos de la vida de ese prócer: su dimensión religiosa. Su fe. De locos.

Entre material de archivo con el pueblo bueno abandonado a la grandeza del líder, primeros planos de éste en el acto de hablar de su arraigada espiritualidad y testimonios encomiásticos de algunos de sus seguidores más sectarios, el documental, producido también con dineros públicos, rebasa el terreno de la propaganda, al que a estas alturas ya deberíamos estar acostumbrados, e incluso el del culto a la personalidad, para entrar directamente al de la hagiografía, de dos maneras. Para quienes no están dentro de la secta y mantienen un mínimo de sentido crítico, se trata de una hagiografía en el sentido digamos coloquial del término: un ejercicio delirante de elogio por un hombre que vio morir por sus decisiones, con perfecta frialdad, a decenas de miles de personas en días del covid, a otros muchos por su negligencia con el narco y, en general, a los que se quedaron sin medicinas por sus manotazos en la mesa. Pero también es una hagiografía en el sentido de que quienes se aventaron el documental, y los probablemente no pocos que lo aplaudirán, lo hicieron para celebrar, sin más, a un santo.

Que no les extrañe que esto se convierta en serie.

 

      @juliopatan09