Recientemente, Fernando Savater, que no tiene miedo de hacer nuevos enemigos, se preguntó en una columna por qué será que el gremio de los actores muestra niveles de estupidez tan por encima de la media. Antes de que me linchen los compatriotas de ese mismo gremio, aclaro que la afirmación, fácil de compartir, iba dirigida a los actores españoles.
El motivo: la bochornosa entrega de los Goya, los premios de cine, que, como el festival de San Sebastián, o, en Estados Unidos, como varias entregas de estatuillas, incluidos los Oscar, se ha convertido en una puesta en escena predecible y simplona del bienpensar; una pasarela de progresismos de línea bastante woke que últimamente se ha traducido en lo que Leonor Watling, impecable, y alguno más, pero pocos, denuncian como una especie de tiranía de la “chapa” de Palestina. El pin de la banderita, para que nos entendamos.
En esencia, parece que la presión gremial por sumarte a esa causa es tremenda, tanto como la negativa a hacerlo por cualquier masacre con un origen distinto. Irán contra sus mujeres, digamos.
Pero, ¿están de veras los actores por encima de la media? No realmente. Como dice Savater mismo, el problema radica en que nadie se resiste a la ventana de oportunidad de dar una exhibición de “lucidez moral”, expresión, se entiende, que usa con toda la ironía del mundo. En efecto, como las redes sociales, pero en grande y con, digamos, glamour, esas ceremonias son un escenario que ni mandado a hacer para comprar superioridad moral a bajo costo, una droga que, créanme, puede engancharte casi tanto como el fentanilo.
En México, el fenómeno dista de esos abismos, pero recordemos también a los entusiastas, bastante sobrados, que cantaban las loas del Peje, en plan “llegó el Mesías”, antes del recortón a los financiamientos para cine y cultura. En todo caso, no es un fenómeno circunscrito a determinados países o gremios (no me hagan hablar de los poetas).
No recuerdo quién, cuestionado por la enésima imbecilidad de Maradona –algún cliché antiyanqui, o defensa del castrismo, o loa a Ahmadinejad–, dijo algo como que El 10 tenía una zurda de lujo, pero que es ridículo exigirle que tenga un cerebro también de 10. Efectivamente. Lo que pasa es que, de siempre en el periodismo, pero hoy más que nunca, poner bajo los reflectores a los tontos, que meten ruido y jalan atención, es un requisito para el éxito, en el entendido de que el éxito, hoy, es cuantificable o simplemente no es. Y está garantizado. Abunda la materia prima.
@juliopatan09
