Frente al abuso sexual infantil la pregunta decisiva no es cuántos casos existen, sino cuántos no se han revelado todavía y cuánto debemos hacer para evitarlo. Los datos son brutales: uno de cada ocho menores de 18 años en el mundo, según estimaciones de Unicef, ha sido víctima; más grave aún, 70 por ciento habla de la agresión cinco años después de ocurrida. El silencio quinquenal y la impunidad indefinida.
Miedo, vergüenza, lealtades afectivas confundidas, manipulación, dudar ante la probable incredulidad o pánico a romper el núcleo familiar son parte de la capa protectora de los depredadores.
El crimen ocurre en los mismos lugares donde debería existir mayor seguridad: el hogar, escuela, comunidad religiosa, club deportivo. Ahí, donde la confianza se da por sentada, los abusadores encuentran terreno. Por eso, el reto comunitario y político es construir un sistema de protección con engranajes sociales preparados para prevenir, detectar y responder.
La demora en la denuncia es tanto individual como síntoma social. Significa falla en las capas de cuidado. La familia, primera barrera natural, a menudo niega la posibilidad del abuso; supone agresores venidos de fuera, cuando los datos muestran lo contrario: dos de cada tres provienen del círculo familiar.
La segunda capa, la escuela, es decisiva. Los docentes, por su cercanía cotidiana, pueden reconocer señales: cambios bruscos de comportamiento, retraimiento, regresiones, conductas sexualizadas anacrónicas, ansiedad, depresión. Ninguno de esos signos es concluyente. Juntos son el mapa de advertencias.
Ninguna institución está libre de riesgo. La historia mexicana conoce demasiado bien el resultado de esa negación. El caso del padre Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo —del cual fui el primer denunciante iberoamericano al exponerlo en abril de 1997 en el diario La Jornada— encarnó el patrón del depredador: autoridad absoluta, carisma controlado, manipulación emocional y un sistema institucional dispuesto a protegerlo.
Ese caso revela cómo los abusadores rara vez se presentan como criminales obvios. Construyen cercanía, regalan afecto, aíslan a la víctima, normalizan el contacto físico, generan dependencia emocional y operan en secreto. Entender ese patrón es prevención.
El desafío institucional es enorme. La presidenta Claudia Sheinbaum ha impulsado estrategias integrales, en coordinación entre la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana y el Sistema Nacional DIF, para combatir la violencia infantil. En esa lógica dialogan acciones de la jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Clara Brugada, como el operativo en el albergue Casa de las Mercedes o el fortalecimiento de la Declaratoria de Alerta por Violencia contra las Mujeres.
Este Día Mundial para la Prevención del Abuso Infantil, conmemorado cada 19 de noviembre, es oportunidad para construir un círculo de protección para niñas y niños.
@guerrerochipres
