Es el año 2014 y los mexicanos están dispuestos a cambiar las formas de su gobierno y su propia actitud frente a él. Llueva, truene o relampaguee las cosas ya no serán las mismas. Digamos que el parteaguas fue el 26 de septiembre, cuando ocurrió en Iguala la tragedia mortal de estudiantes de la normal de Ayotzinapa. Aun hoy, cuando han transcurrido más de dos meses, no se sabe el paradero de 43 de ellos: si están vivos o no... Pero lo que sí se sabe es que el gobierno mexicano –todo- está sumergido en una crisis profunda de desconfianza y descrédito.

 

¿Cómo es que llegamos a esto? Es una historia larga, que no comenzó hace más de dos meses. Viene de lejos. La acumulación de agravios desde el gobierno y sus beneficiarios es larga y pesada. Quienes se han ocupado de gobernar se entendieron como hombres de mando, no hombres de Estado, y por tanto, desvinculados de una sociedad que les entregó todo: poder, riqueza, mando, autoridad, impunidad, silencio y el resultado de su trabajo.

 

Durante muchos años, con excepciones extraordinarias, esta sociedad mexicana les dejó hacer. Acaso porque a modo del Ogro Filantrópico de Paz, recibía dádivas que lo aletargaban o acaso porque no había alternativas pues grupos de interés se apoderaron de los partidos políticos y éstos construían y construyen gobiernos a su imagen y semejanza: la de la corrupción política.

 

Los hombres de gobierno se atuvieron a que esa sociedad aquietada y somnolienta iba a estar así de forma permanente. A lo largo de los años una parte de esa sociedad mexicana fue construyendo su propio mundo; un mundo monstruoso que es la contradicción al silencio y la dejadez de muchos años. Es una forma de rebelión que enfrentó al Estado desde el espacio que se construyó; erróneo, sí, un mundo aparte: el del narcotráfico y el crimen organizado.

 

Nadie con dos dedos de frente habrá de jurar que esas actividades delictivas y criminales están justificadas; pero es cierto también, que el fenómeno merece ser estudiado en sus raíces, y esas raíces comienzan en el estado de corrupción, de injusticia, de desigualdad, de falta de oportunidades, de falta de trabajo y educación: todo junto construyó a ese monstruo dañino y perverso, como es el de la violencia criminal y el apoderamiento de espacios de gobierno.

 

También es cierto que el caldo de cultivo estaba en otro origen, apenas cruzando la frontera: el gusto de miles de estadounidenses por los estupefacientes dio forma a la transformación de hombres y mujeres en México y países de América Latina.

 

La magnitud del consumo de drogas en Estados Unidos es proporcional a la magnitud de recursos que se mueven entre los países que son origen y tránsito. Nada es al azar. Mientras que el gobierno de aquel país hace la vista gorda en el consumo de narcóticos entre sus tax payers en nuestros países se organizán y mataban unos y otros. Y poco a poco ese crimen organizado corrompió a agentes de gobierno y construyó un poder alterno.

El resultado está a la vista. La confrontación de los gobiernos con el crimen organizado pasa por una difícil situación: se ha creado un entramado en el que –en muchos casos- el crimen organizado y agentes de seguridad o funcionarios públicos, o gente de gobierno están coludidos en un tono de complicidad ambiciosa y cruel: no sólo por dinero, también por poder y protección con ventaja sobre adversarios.

 

El gobierno federal como el estatal o municipal, agraviados asimismo en sus entrañas, no tiene respuestas eficientes: sí salidas de emergencia, casi en tono de huida del problema: reformas legislativas frente a una realidad que avasalla, que contradice las mismas reformas porque la profundidad de las raíces es honda y requieren una extracción definitiva…

 

El problema para el gobierno es que lucha por su subsistencia. No por la solución al hoy en México. Esto hace que la población nacional se exprese indignada; sin respuestas, sin soluciones. Al oído de discursos blandos y amenazantes los mexicanos no se encuentran con su gobierno.

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Foto: Cuartoscuro

 

Miles han salido a las calles para expresarse, en uso de su derecho constitucional. Aparte muchos millones de mexicanos están en sus propios ámbitos: indignados, enfurecidos, con sentimientos de traición y abandono; discutiendo, reprobando y reprochando: expectantes.

 

Hoy, cuando la situación es delicada, el gobierno aletarga respuestas que comulguen con la sociedad: como si cada uno caminara por su propio rumbo.

 

El presidente Enrique Peña Nieto no encuentra la solución cierta. Hombre que se atiene a reformas legales ha propuesta más reformas para paliar el problema de hoy, que no es un problema sólo nacional es, sobre todo, un problema de su gobierno.

 

Y sin embargo todavía hay tiempo aunque ya han transcurrido dos años de un gobierno que se engolosina en sí mismo, pero que sigue con muchísimas asignaturas pendientes, y cada vez más. El presidente se encuentra sólo en su laberinto y no da muestras aun de querer gobernar con todos y para todos. Falta consolidar la democracia, por ejemplo. Y arrancar de tajo la perversión en la que han caído los actuales partidos políticos…

 

Falta mucho más todavía. Pero se puede comenzar con que Enrique Peña Nieto se entienda como presidente de un país en crisis y la afronte con la ley, con la fortaleza, con la democracia y con la participación de todos; porque es lo que hace a los grandes estadistas. Nunca con enojos. Nunca con amenazas. Nunca con venganzas o desarticulación del estado de Derecho y nunca desmontando lo que los mexicanos hemos construido para el bienestar de todos y el respeto al derecho ajeno, que dijera Juárez.

 

México no colapsará. Pero los mexicanos quieren cambiar. Lo harán. Será mejor si el gobierno está con ellos. Si está con nosotros. Es el año 2014.