Atrás quedó la división que dejó la reforma hacendaria y la discusión álgida por la energética. Enrique Peña Nieto, presidente de México, llegó al antiguo edificio de Xicoténcatl entre aplausos y abrazos de senadores de su partido, pero también de los que no lo son.
El motivo: la entrega de la medalla Belisario Domínguez post mortem, que este año fue otorgada a Manuel Gómez Morín, fundador del Partido Acción Nacional. La encargada de recibirlo fue su hija, Margarita Gómez Morín.
Así, desde que llegó al recinto legislativo, Peña Nieto estuvo flanqueado por Raúl Cervantes, presidente del Senado de la República, y por Juan Silva Meza, presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. A un lado de éste, Ricardo Anaya, líder de la Cámara de Diputados, se postró atento y serio.
Enfrente, en la primera fila, los familiares del galardonado escucharon con atención los discursos oficiales que reflejaban la ideología de Gómez Morín. Atentos también estaban Miguel Ángel Osorio Chong, secretario de Gobernación; Agustín Carstens, Gobernador del Banco de México; Miguel Ángel Mancera, jefe de Gobierno del Distrito Federal, y Manuel Velasco, gobernador de Chiapas.
A un costado, a lo lejos, Gustavo Madero, presidente del PAN, yacía entre la familia del galardonado con la Medalla Belisario Domínguez.
Mientras tanto, en el presídium, el presidente de México escuchaba y veía a los oradores, hasta que optó por acercarse a Raúl Cervantes para compartir impresiones, éste le atendió y contestó. Los dos estaban en el mismo canal.
Una y otra vez, Cervantes Andrade fue su compañero de opinión; el titular del Ejecutivo Federal se vio cómodo, pareció que toda respuesta del líder senatorial era de su agrado. Los dos presidentes priistas, uno del México, y otro del Senado, congeniaron.
Luego, pasaron a hacer la guardia oficial ante el busto de Belisario Domínguez, en el patio de la vieja casona de Xicoténcatl. Así, Peña Nieto siguió a un lado de Cervantes Andrade, serios los dos y respetuosos en el acto; mientras, a su lado, Anaya, Mancera, Osorio, Silva y los coordinadores en el Senado, escucharon las palabras del orador en turno.
Antes, Enrique Peña Nieto saludó a Miguel Barbosa, coordinador perredista, quien con una sonrisa amplia acompañó el apretón de manos al titular del Gobierno Federal. No había nada que decir, sólo una armonía sin palabras.
Antes de irse, el presidente se despidió, no sin antes compartir la última opinión con Raúl Cervantes; cuatro, cinco, seis segundos intercambiaron palabras y continuó con el protocolo.
Con el coordinador panista, Jorge Luis Preciado, el Presidente se despidió al igual que con todos; el líder de Acción Nacional, al igual que Barbosa Huerta, le sonrió como quien disfruta de la distinción de saludar a la máxima autoridad del país. Las reformas, y sus discusiones pueden esperar. Ayer fue tiempo de galardonar y de convivir entre colegas.
