La cuarta edición del Mérida WTA500, además de adrenalina y la exhibición que dan las atletas dentro de la pista, también nos dejó historias de personajes que no necesariamente están dentro de la pista, pero que tienen a su cargo grandes responsabilidades para que el torneo y su maquinaria funcionen perfectamente.
En el tenis, existe un ballet silencioso que ocurre entre saques asfixiantes y gritos de victoria. Son figuras pequeñas, vestidas de uniforme impecable, que aparecen y desaparecen con una precisión coreográfica: los atajadores. Detrás de esa maquinaria humana que permite que el juego fluya sin pausas, se encuentra la mirada experimentada y el corazón sereno de Evaristo Cruz Mejía, el hombre que convierte a niños y niñas en los guardianes del ritmo en el Mérida WTA 500.
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30 años en el 'deporte blanco'
Don Evaristo no es un improvisado. Con más de 30 años en el "deporte blanco", su vida ha sido un viaje constante de la cancha al banquillo y del banquillo a la coordinación. Originario de la Ciudad de México, pero adoptado por la calidez yucateca desde 1993, el coordinador de boleros camina por el Yucatán Country Club con la familiaridad de quien recorre el patio de su casa. "Me siento más que en casa; me encanta la ciudad, su comida y su gente. Trabajar en un evento así es padrísimo", comparte con una sonrisa para 24 Horas.
Para el espectador, la labor del atajador parece sencilla, casi instintiva. Para Evaristo, es una disciplina que raya en lo académico. Una semana antes de que la primera raqueta toque suelo meridano, él ya está en la cancha "entrenando" a su equipo. No se trata solo de recoger pelotas; se trata de entender el protocolo de entrada y salida, la técnica exacta para rodar la bola sin interrumpir la visión de la jugadora y, sobre todo, el arte de la invisibilidad oportuna.
"Normalmente los niños no saben que hay un protocolo. Por eso llego antes. Todo lo que el público ve en la cancha hoy, ya se entrenó exhaustivamente", explica. Bajo su tutela, las infancias aprenden que el tenis es un deporte de tiempos perfectos, donde un segundo de distracción puede alterar la concentración de una atleta de élite.

De la pisada de Nadal a la formación de vidas
En tres décadas, el tenis le ha regalado a don Evaristo anécdotas que muchos coleccionistas envidiarían. Con la naturalidad de quien habla de un vecino, recuerda el día que el astro español Rafael Nadal le pisó accidentalmente un pie durante un torneo. Aquel tropezón fortuito fue el inicio de una amistad particular, una de tantas que ha cosechado viajando por los circuitos más exclusivos del mundo.
Sin embargo, lo que realmente mantiene encendido el motor de Evaristo no es el roce con la fama, sino la frescura de los novatos. Mientras él ve a las estrellas de la WTA como parte de una rutina profesional de años, para sus "atajadores" estar a centímetros de sus ídolos es un sueño desbordante. "La espontaneidad de los niños es lo que más disfruto. A veces es difícil mantener la solemnidad porque quieren el autógrafo, la foto o la muñequera, pero esa energía es la que le da otra cara al partido", confiesa.
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Enseña técnica y le devuelven capacidad
Don Evaristo cree firmemente en un intercambio vital: él les enseña técnica y disciplina, pero ellos le devuelven la capacidad de asombro. Para él, coordinar a estos jóvenes es una forma de dejar huella en el deporte nacional, formando no solo colaboradores eficientes, sino seres humanos que aprenden el valor del respeto y el trabajo en equipo desde la trinchera más humilde y necesaria del tenis.
Cuando el sol cae sobre Mérida y el partido llega a su punto más álgido, Evaristo observa desde la sombra. Sabe que si nadie nota a los boleros, es porque él ha hecho su trabajo a la perfección. Al final del día, entre el calor yucateco y el olor a tenis nuevo, don Evaristo Cruz sigue encontrando en la mirada ilusionada de un niño con una pelota en la mano, la razón para seguir recorriendo el mundo un set a la vez.
