En el corazón de la selva de concreto que hoy define a la capital yucateca, la naturaleza ha reclamado su territorio de una forma tan inesperada como fascinante. Lo que hace décadas fueron ruidosas sascaberas y centros de extracción de piedra para la construcción, hoy se han transformado en "humedales accidentales": verdaderos oasis de biodiversidad que funcionan como el último refugio para la fauna silvestre en una Mérida que se expande sin tregua.
Estos espacios, que nacieron como cicatrices de la actividad humana, han pasado por un proceso de resignificación ecológica. Según la doctora Karla Rodríguez Medina, investigadora de la ENES UNAM, los “parques hundidos” o “aguadas”, han desarrollado una dinámica propia que hoy ofrece servicios ambientales incalculables para la ciudadanía y el ecosistema local.
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Explicó en entrevista para este medio que el monitoreo científico de estos espacios, que ya suma más de un año de observaciones sistemáticas, ha revelado cifras sorprendentes. En apenas cuatro de estos humedales urbanos se han contabilizado 97 especies de aves, tanto residentes como migratorias, que encuentran en estos espejos de agua un sitio de descanso y anidación esencial en sus rutas por el continente.
PROTECCIÓN BIOLÓGICA
La especialista dijo que la configuración de estos sitios, con contacto directo con el manto freático, permite la proliferación de anfibios, reptiles y una flora densa que actúa como una barrera natural contra el avance del urbanismo. Un ejemplo emblemático es el recién nombrado Biocorredor Ecológico del Poniente, donde las inundaciones naturales —lejos de ser un problema— actúan como una protección biológica que limita el acceso humano, permitiendo que las especies prosperen sin interferencias.
Rodríguez Medina explicó que, más allá de su valor estético y biológico, estos humedales desempeñan un papel crítico en la salud de la ciudad. En una urbe que enfrenta temperaturas cada vez más extremas, estos "tesoros escondidos" funcionan como reguladores térmicos naturales.
El biólogo Raúl Escalante Aguilar, director de la Unidad de Medio Ambiente y Bienestar Animal (Umaba) del ayuntamiento de Mérida, señala que la deforestación, el cambio de uso de suelo y la falta de conciencia ambiental son hoy los grandes retos ecológicos del municipio, por lo que estos espacios deben ser protegidos, ya que en ellos no solo coinciden familias que buscan divertirse, hacer deporte o convivir, sino también son un área de descanso de por lo menos 97 especies de aves tanto migratorias, como residentes además de reptiles y anfibios que interactúan con la flora local.
MITIGAN EL CALOR
La experta de la UNAM fue enfática al señalar que estos ecosistemas deben mantenerse en su estado actual. Aunque la integración de la ciudadanía es vital para que los meridanos "hagan suyos" estos espacios, esta apropiación debe ser respetuosa y no invasiva. Actividades como el avistamiento de aves son el camino ideal para valorar estos pulmones verdes sin romper el equilibrio que la naturaleza tardó años en reconstruir.
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Expuso, que los humedales urbanos de Mérida no son solo restos de una antigua industria; son la prueba de la resiliencia ambiental y una pieza clave para asegurar la viabilidad de la vida urbana ante el cambio climático. Visibilizarlos y protegerlos no es una opción, sino una necesidad urgente para la Ciudad Blanca.
La Ley de Desarrollos Inmobiliarios del Estado de Yucatán en su Artículo 16 señala que en cada nuevo desarrollo deberá preservar un mínimo de 30 por ciento para áreas verdes urbanas, el Ayuntamiento de Mérida sólo exige 20 por ciento a cada proyecto de forma individual. Expertos han indicado que las empresas constructoras no respetan ninguna de ambas.
