XOLITOOKAS

 

La penumbra era tan absoluta y densa que parecía ser la responsable de amortiguar el sonido de los pasos de Montaño, que sigilosamente se acercaba a la esquina de la solitaria calle con el mellado machete en la diestra y el sarape desgarrado envolviendo aún su brazo izquierdo, la espalda tiesa contra la pared.

 

Paró orejas. No había rastro ni señal alguna que le indicara la presencia cercana de persona o animal, aunque el restallar de las balas seguía resonando en sus oídos y el chocar de los afilados machetes parecía seguir rebotando contra las paredes a lo largo de toda la calle.

 

Miró al cielo. Pronto las nubes abrirían un hueco por el que la luna llena asomaría su sonrisa plateada. Eso lo dejaría al descubierto. Alargó la vista y se encontró con la puerta abierta de un edificio, al otro lado de la calle. Dio algunas zancadas y entró para ocultarse tras la puerta, con los oídos atentos. Luego de un par de minutos de tenso silencio escuchó un silbido lejano que le resultó sumamente familiar. Venía de la calle.

 

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