Es el ejemplo de una carrera que tuvo la opción de un retiro digno y terminó siendo una salida por la puerta de atrás con síntomas claros de incongruencia y arrepentimientos tardíos e inútiles.

Olga María del Carmen Sánchez Cordero de García Villegas, fue una togada que arrancó su periodo como ministra de la que fue Suprema Corte de Justicia en 1995, tras la reforma judicial de Ernesto Zedillo que fortaleció al Poder Judicial de la Federación. En esa época el máximo órgano jurisdiccional de nuestro país fue un auténtico Tribunal Constitucional, que honró la división de poderes y estuvo integrado por juristas de gran valía entre los que destacaron de forma sobresaliente José de Jesús Gudiño Pelayo, Mariano Azuela Guitrón, Juan Silva Meza, Guillermo Ortíz Mayagoitia y Juan Díaz Romero, entre otros.

Hace 31 años, doña Olga fue la única mujer de ese histórico pleno en el que hubo juzgadores eruditos de personalidades recias. Aquel fue un Tribunal Constitucional incómodo al poder por diseño original, que provocó enfados de priistas y panistas, secretarios de estado, gobernadores, legisladores federales y altos funcionarios que perdieron asuntos emblemáticos y a regañadientes obedecieron las resoluciones del mejor y más digno Poder Judicial de la era moderna en México. Tras los despropósitos actuales, aquella Corte se agiganta ante el remedo de tribunalito de ignorantes y oportunistas que nos dejaron las recientes reformas impuestas por el régimen morenista para su conveniencia e impunidad.

Igualmente distintos son los mundos en los que Olga Sánchez Cordero ha transitado embelesada por el poder, los reflectores, las páginas de las revistas y los cargos de alto voltaje que prefirió aceptar en el Ejecutivo y Legislativo del obradorato, antes de optar por una jubilación con el honor que pudo labrar en su epitafio profesional.

Doña Olga vestía Channel, viajaba a veces en un llamativo auto deportivo rojo que le obsequió su esposo. Siempre usó maquillaje y peinados impecables con vestimenta digna del jet set, su estilo de vida estuvo rodeado por el glamour que la mostraban fulgurante en su casa y despacho de las Lomas de Chapultepec, en medio de lujos que logró con una exitosa carrera edificada desde su notaría, compartida por su esposo e hijo mayor, caballeros en toda la extensión de la palabra.

Seducida por el populismo más nocivo, cambió su carrera como jueza constitucional en retiro, por el disfraz sin tinte en el cabello que dejó atrás el guardarropa de diseñador para enfundarse en el rebozo y huipil falsamente transformador de la apariencia austera. La hipocresía de su jefe, la orilló a mitigar sus lujos como legisladora y Secretaria de Gobernación.

En el gabinete, como senadora y diputada federal de Morena vio pasar a los victimarios de la independencia judicial, guardó silencios de deshonra sin objetar en público los atropellos del obradorato contra juzgadores federales calumniados y perseguidos con rabia.

Ahora de forma muy tardía, muestra tibias señales de disenso, que sólo ponen maquillaje barato a un prestigio extinto por voluntad propia.

EDICTOS

¿Qué necesidad había doña Olga?, ahora cerca de los 80 años, sin influencia política en el equipo de los talibanes destructores de instituciones nos dice que se retira de la vida pública. Será la historia la que juzgará su congruencia, pero en este recuento hay pruebas notorias de un saldo negativo por los servicios prestados a los exterminadores de la división de poderes. Un triste final sobre las ruinas calcinadas de lo que fue una Corte Suprema, colosal a la distancia, que no volverá mientras sus correligionarios gobiernen.

 

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