La semana pasada hablaba sobre cómo la discusión económica en México se ha concentrado en cuánto ha crecido la inflación con respecto a los precios de los productos más básicos. Y retomo el tema porque la coyuntura actual lo amerita, pero también porque conviene mirar más allá del dato; pues una cosa es que la inflación se ubique en niveles aparentemente manejables y otra muy distinta que las familias logren llegar al final de la quincena.
Digo esto, porque es justo esa diferencia la que explica porqué el dato promedio no siempre alcanza para describir lo que ocurre en la vida diaria. Por ejemplo, en abril de este año, la inflación general rondó 4.4%, pero varios alimentos básicos crecieron a un ritmo mucho más acelerado (8.3%). Y la cuestión es que no todos los precios pesan igual para todos.
Sin duda, el país se ha vuelto cada vez más caro. Lo peor, es que ocurre en un momento en el que generar ingresos suficientes se vuelve más difícil. Por eso la conversación no puede reducirse a si la inflación está dentro o fuera del rango objetivo del Banco de México. Esa discusión importa para los mercados, la política monetaria y las expectativas; cuestiones que si bien afectan al ciudadano promedio, para millones millones de familias la conversación sólo gira en torno a si alcanza o no –y para el 75.8% la respuesta es no.
La presión se entiende mejor cuando se advierte que hoy, una familia urbana de cuatro personas necesita alrededor de 10,396 pesos mensuales sólo para alimentarse y 19,817 pesos para no ser considerada pobre por ingresos. En zonas rurales, la presión tampoco es menor, ya que se requieren más de 7,800 pesos para comida y más de 14,000 pesos para superar la línea de pobreza. Quizá valdría la pena analizar esto a la luz de que un hogar de clase media en México, percibe en promedio alrededor 22,300 pesos al mes.
Y aunque no se trata únicamente de pobreza ni de la erosión gradual de la clase media. No debemos olvidar todo esto ocurre en una economía que apenas crece 0.2%, con inversión productiva a la baja, consumo de bienes nacionales estancado, un empleo formal avanzando apenas 1.5%, una coyuntura internacional por demás volátil, y que nos encontramos a días de iniciar la discusión de un Tratado que marcó –y seguirá marcando– generaciones enteras.
Por ello la conversación no puede limitarse a que los datos generales parezcan manejables. Porque sí, la estabilidad macroeconómica es indispensable; pero no sustituye la calidad de vida de los ciudadanos. Las exportaciones pueden crecer o los indicadores pueden mostrar cierta resistencia.
Sin embargo, si el salario no alcanza para cubrir comida, transporte, vivienda, servicios, salud –e incluso cuestiones accesorias– la economía de a pie cuenta otra historia. Dicho esto, me parece que el reto no es menor. Urgen medidas encaminadas a reconstruir una economía en la que trabajar vuelva a traducirse en capacidad de progreso, porque el problema no es únicamente que vivir sea más caro; es que el país está generando cada vez menos condiciones para que las familias puedan sostenerlo.
- Consultor y profesor universitario
- Twitter: Petaco10marina
- Facebook: Petaco Diez Marina
- Instagram: Petaco10marina
