El Mundial arranca como suelen arrancar los grandes espectáculos: con luces, himnos, porras y una promesa de unidad. La diferencia es que esta vez la postal resulta incómoda. Tres países comparten cancha, calendario y ceremonia, pero no necesariamente ánimo político. Estados Unidos, México y Canadá aparecen, esta ocasión, obligados a tomarse de la mano para la foto justo cuando la relación norteamericana atraviesa uno de sus momentos más ásperos.
No es un reproche al futbol. El Mundial se disfruta y se disfrutará. Hay algo humano, y particularmente mexicano, en suspender por noventa minutos la conversación pública para mirar una pelota. El problema no es el torneo, sino el ruido que lo rodea. Esta vez hay más ansiedad que emoción. Más apuro que preparación. Más necesidad de aparentar normalidad que normalidad misma.
La coyuntura lo demuestra. Estados Unidos llega con polarización interna, tensiones internacionales y un calendario político encima. México llega con problemas sociales, políticos y de seguridad, además de la obligación de demostrar que puede organizar y proteger en tiempo récord. Canadá, por su parte, llega con su propia discusión migratoria y con presiones internas que también lo tensan. Como se ve, no son tres anfitriones cómodos.
Y justo cuando estaba por darse el pitazo inicial, Donald Trump puso en duda la continuidad del T-MEC y afirmó que Estados Unidos no necesita nada de sus socios. La afirmación no fue una cuestión aislada, sin duda, fue una advertencia en la víspera de la revisión del acuerdo que sostiene buena parte de la economía regional; mientras los jugadores se preparan para entrar a la cancha.
Para México, el riesgo de esto no es menor. Sin T-MEC no sólo se perdería un acuerdo comercial. Se perdería buena parte de la estabilidad y la certeza que han ordenado la economía nacional desde el primer tratado. Quienes recuerdan el país previo al TLCAN saben que la integración no resolvió todos los problemas, pero sí dio un marco de previsibilidad para invertir, producir, exportar y planear. Perder eso sería volver a un momento más incierto, más caro y más vulnerable.
Y ahí está el punto. El Mundial no cancela la crisis, llega para evidenciar algo que quizá siempre estuvo a la vista. Recordemos: Brasil 2014 dejó una lección parecida. Detrás de los estadios aparecieron retrasos, deuda, protestas e infraestructura improvisada. Así que no se trata de cancelar el entusiasmo ni de moralizar la Copa. Se trata de no confundir inauguración con solución.
Lo que no se puede negar es que en México, la fiesta ocurrirá. Habrá inauguración, hoteles llenos, camisetas vendidas y una narrativa de país abierto al mundo. Y eso también importa. El Mundial puede ser una oportunidad económica, turística y simbólica. Pero su éxito no debería medirse sólo por la ceremonia, sino por lo que ocurra después, cuando se apaguen las luces y toque demostrar que la organización, la seguridad y la cooperación regional no fueron sólo parte del espectáculo.
- Consultor y profesor universitario
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