El retroceso de 24% en el déficit comercial estadounidense, llegó con la típica estela de los datos publicados tras un cierre gubernamental: tardíos, pero significativos. Sin embargo, la reducción no se explica por un repunte exportador –las ventas externas apenas crecieron 0.1%–, sino por una contracción de 5.1% en las importaciones, consistente con los ajustes que generan los aranceles y el encarecimiento de insumos.
En ese entorno, México destaca por un doble papel difícil de ignorar. Por un lado, encabeza el déficit bilateral de Washington –16 mil 300 millones de dólares en agosto–; por el otro, se consolidó, por primera vez en un periodo acumulado enero–agosto, como el principal destino de las exportaciones estadounidenses, con 226,411 millones de dólares. El desplazamiento de Canadá no es una anomalía coyuntural, sino la expresión de una integración productiva que ha ganado densidad justo cuando China parece retroceder en medio de tensiones geopolíticas y nuevos umbrales regulatorios.
La industria lo confirma con claridad. La plataforma manufacturera de América del Norte opera hoy como un sistema prácticamente indivisible, donde sectores como el automotriz, el electrónico y el de maquinaria funcionan con proveeduría cruzada y ciclos de producción sincronizados. Que 86.6% de las importaciones estadounidenses provenientes de México haya ingresado con certificación T-MEC no es solamente cumplimiento normativo; es evidencia de una acelerada alineación regulatoria mexicana en un momento en que Washington busca reducir su exposición a insumos chinos y reordenar sus cadenas de valor.
Sin embargo, aunque parece que el panorama mejora, esta posición no elimina los riesgos. El entorno estadounidense es más incierto de lo que sugieren las cifras. Recordemos: la Corte Suprema continúa analizando la legalidad de los aranceles impuestos bajo la IEEPA; el calendario estadístico sigue alterado por el cierre gubernamental; y la revisión del T-MEC en 2026 sigue perfilándose como un proceso donde podrían endurecerse las reglas de origen, los criterios energéticos y los mecanismos de verificación.
En ese contexto, me parece que la resiliencia mexicana –6.1% de crecimiento en ventas a EU, liderazgo como socio comercial y una participación récord de 17.2% en las importaciones estadounidenses debe entenderse como una ventaja estratégica que puede consolidarse… o disiparse de no acompañarla de una oferta interna más robusta basada en una inversión sostenida, infraestructura logística moderna, certidumbre regulatoria y una agenda clara en materia de importaciones.
Frente a estas circunstancias, es evidente que hoy México no sólo participa, ancla el mapa comercial de EU. Sin embargo, esa centralidad, por sí sola, no garantiza permanencia ni influencia. De cara a la revisión del T-MEC en 2026, México debe llegar no sólo con buenos indicadores, sino con una estrategia definida para transformar una ventaja coyuntural en un posicionamiento estructural y de esa manera integrarnos –no sólo adaptarnos– a la nueva arquitectura comercial. Pues de lo contrario, ésta podría ser la última noticia buena que escuchemos sobre la posible renegociación.
- Consultor y profesor universitario
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