Hace unas semanas escribía sobre una cuestión que empieza a definir el lugar de México en la nueva economía global. Explicaba que, mientras el encarecimiento de la energía exhibe algunas debilidades estructurales, la expansión de la IA está abriendo una ventana de oportunidad difícil de dimensionar y, probablemente, de repetir.
Los datos, en ese momento, eran bastante llamativos. En 2025, las exportaciones mexicanas de bienes relacionados con la IA alcanzaron 154 mil millones de dólares, 62% más que un año antes. Con Jalisco y Chihuahua comenzando a beneficiarse del ensamblaje de servidores, tarjetas y equipos para centros de datos en Estados Unidos. Ello, al tiempo que la coyuntura y sus efectos en materia energética nos recordaban que ninguna expansión industrial ocurre en el vacío. Sin embargo, conforme aparecen más datos, también queda claro que la oportunidad es bastante más compleja.
Digo esto, porque desde entonces, el panorama se ha vuelto todavía más interesante. La manufactura mexicana, que representa cerca de una quinta parte del PIB, lleva más de dos años prácticamente estancada; pero dentro de ella hay un relevo bastante curioso, ya que mientras la fabricación de equipo de transporte –por mucho tiempo clave en esta materia– ha perdido dinamismo, la de cómputo, componentes electrónicos y equipos vinculados con centros de datos crece con fuerza.
Quizá estamos viendo el inicio de una nueva especialización productiva. No necesariamente una sustitución del sector automotriz, pero sí la aparición de una cadena con capacidad de ganar peso en exportaciones, salarios y valor agregado. Por ello, en aquel momento, me parecía que la discusión no debía centrarse únicamente en cuánto podemos ensamblar, sino cuánto de esa cadena podemos integrar en México de tal manera que pueda explotar la mayor parte de su potencial.
No obstante, ahí aparece un punto relevante. Se ha señalado que México no debe convertirse simplemente en el gran centro de datos de otros países, particularmente por las presiones que ha resentido nuestro país en materia hídrica y energética a lo largo de estos últimos años. Y aunque se trata de una preocupación razonable, considero que la oportunidad está en no plantearlo como una elección entre atraer inversiones o proteger recursos.
En ese sentido, es preciso señalar que si bien se calcula que en México se requerirán 1.5 megavatios para centros de datos hacia el 2030, las inversiones vinculadas con ellos podrían superar los 18 mil millones de dólares en los próximos cinco años. Sin duda, una oportunidad que no se debe perder. Por eso, el punto no es perseguirlas a cualquier costo, sino utilizarlas como palanca para construir capacidades que permanezcan en el país, sin descuidar el ámbito de sustentabilidad.
Todo esto, porque México ya participa en esta transformación, no se trata de algo potencial. Lo que falta es convertir esta nueva coyuntura en una política industrial capaz de velar por todas y cada una de las facetas que esto pueda abrir. Porque, como decía semanas atrás, la ventaja geográfica existe y la demanda también.
- Consultor y profesor universitario
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