Los episodios, declaraciones y reacciones recientes de funcionarios en Davos, me llevaron pensar en El poder de los sin poder, una obra de Václav Havel, quien a lo largo de una serie de ensayos explicaba cómo en las estructuras de poder la mentira suele ser la base estructural de su éxito y… sus ficciones.

Digo lo anterior, porque es en ese contexto en el que se enmarca el Foro Económico Mundial, un espacio que suele presentarse como el lugar del diálogo y consenso. Sin embargo, esta vez nos dejó con un mal sabor de boca. No tanto por el aparente quiebre, sino por la incomodidad compartida de que la diplomacia ya no alcanza.

En ese marco, me llamó la atención la referencia de Mark Carney hacia esta misma obra: “Estamos en medio de una ruptura, no de una transición; el viejo orden no va a volver”. Y aunque esa afirmación fue recibida como un buen diagnóstico. Me parece que vale la pena detenerse un momento; pues ¿De verdad estamos frente a una ruptura, o simplemente ante la versión más explícita de un sistema que siempre funcionó así?

El llamado “orden internacional basado en reglas” nunca fue completamente neutral ni equilibrado. Operó, durante décadas, como un arreglo práctico donde las reglas existieron, pero su aplicación siempre dependió de quién las invocaba y en qué momento. Es decir, lo que hoy parece nuevo no es esa lógica, sino la forma en que se expresa. Antes se administraba con discreción; hoy se enuncia sin rodeos. Y eso no sólo vimos con Trump, sino también con Macron e incluso Von der Leyen.

Quizá por ello el desconcierto. No estamos viendo algo radicalmente distinto, sino algo menos maquillado. Y es aquí donde Havel vuelve a entrar: los sistemas de poder también pueden quedar atrapados en sus propias ficciones. No es que el derecho internacional haya sido desplazado por la ley del más fuerte por primera vez; es que hoy se dice en voz alta.

Por eso, tal vez el debate no debería centrarse sólo en lamentar el supuesto colapso del orden global tanto en términos económicos como políticos, sino en entender qué es lo que realmente está cambiando; pues es posible que no estemos entrando en un mundo sin reglas, sino en uno donde las reglas se aplican con menos cortesía.

Sin duda, la reacción inmediata suele ser la crítica. Pero una lectura más sobria sugiere otra cosa: que el sistema siempre tuvo grietas, aunque cuidaba más las formas. Hoy se grita más, se amenaza más, se polariza más. No porque la lógica sea nueva, sino porque la contención dejó de ser rentable políticamente.

En ese sentido, me parece que si bien el Foro es sumamente importante frente al arranque de un año en el que se prevén una serie de riesgos y retos económicos ante el estancamiento global; lo relevante es revisar con lupa si estamos viviendo el fin de un orden o sólo su versión sin barniz. Y eso incomoda porque obliga a reconocer algo que siempre estuvo ahí. Tal vez el reto de este momento no sea reconstruir algo que nunca fue del todo real, sino aprender a leer con mayor claridad un sistema internacional que, en el fondo, siempre fue más crudo de lo que nos gustaba admitir.

 

  • Consultor y profesor universitario
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