Hace unos días, leyendo sobre los factores que están transformando la economía mundial, me encontré con un dato y una lectura que –a mi consideración– retratan bastante bien el lugar donde México está parado; pues mientras el encarecimiento de la energía exhibe nuestras debilidades estructurales, el auge de la IA parece estar abriendo una ventana de oportunidad que no sabemos cuánto tiempo durará.
Y digo esto, porque el contraste llama mucho la atención. México conserva el discurso y la identidad de una potencia petrolera, pero en los hechos depende cada vez más de la energía importada. Por ejemplo, entre enero y mayo de 2026, el déficit comercial de productos petroleros alcanzó 11 mil 900 millones de dólares. Las exportaciones de crudo disminuyeron 10.7% y las importaciones de gasolina aumentaron 9.4%.
Esto significa que cuando los conflictos internacionales elevan el precio de los energéticos, México no necesariamente gana. Por el contrario, una parte importante del incremento termina trasladándose a las importaciones, los subsidios, los costos de producción y, eventualmente, al bolsillo de los consumidores.
Al mismo tiempo, ocurre algo mucho más alentador. Durante 2025, las exportaciones mexicanas de bienes relacionados con la IA alcanzaron 154 mil millones de dólares, un crecimiento de 62% respecto del año anterior; siendo estados como Jalisco y Chihuahua los más beneficiados al haberse incorporado al ensamblaje de servidores, tarjetas y equipos destinados a los grandes centros de datos estadounidenses.
Como se ve, la oportunidad es enorme. La cercanía con Estados Unidos, la integración de las cadenas productivas y la experiencia manufacturera permiten que México participe en una de las mayores expansiones tecnológicas de las últimas décadas. Pero participar no significa liderar.
Buena parte de este crecimiento sigue concentrándose en el ensamblaje, mientras la investigación, el desarrollo tecnológico o la propiedad intelectual permanecen en otros países. Sin embargo, esto no implica despreciar nuestra capacidad manufacturera. Al contrario, esa experiencia constituye el punto de partida para avanzar hacia procesos más especializados. El riesgo está en conformarnos con ello, justo cuando esta industria comenzará a demandar mayor talento técnico, infraestructura energética confiable, innovación y mejores condiciones para la inversión.
Y ahí la competencia regional cobra relevancia. Otros países ya están fortaleciendo esas condiciones para atraer capital y ampliar su participación en las cadenas productivas. Guatemala, por ejemplo, se encuentra a un sólo escalón del grado de inversión con las principales calificadoras, mientras México enfrenta crecientes dificultades para preservar las ventajas que durante años parecían aseguradas.
Ahí está el verdadero problema. Tenemos una ventaja geográfica que no construimos y una oportunidad tecnológica que podría no repetirse. México ya está dentro de la conversación global en esta materia. Lo que falta es decidir si quiere quedarse como proveedor o convertirse en un actor clave.
- Consultor y profesor universitario
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