Hay algo que no termina de cuadrar. Recientemente, el Inegi publicó la Encuesta Nacional de Bienestar Autorreportado 2025 (ENBIARE), misma que señala que 91.2% de los adultos en México se declara total o parcialmente satisfecho con su vida y que el promedio nacional alcanza 8.62 puntos sobre 10. Incluso, entre quienes afirman cubrir sus gastos con facilidad, 71% dice sentirse plenamente satisfecho.
El dato sorprende, no porque deba dudarse de lo que las personas responden, sino porque retrata al México de 2025 y se conoce cuando, ya en 2026, las señales económicas apuntan en otra dirección. Es decir, no es una fotografía de hoy.
De hecho, hace apenas unos meses hablábamos del costo de vivir y, explicaba cómo la canasta alimentaria había aumentado 67% en ocho años, muy por encima de una inflación general de 45%, siendo que en las zonas urbanas, una persona necesita alrededor de 2,571 pesos mensuales sólo para comer. Si se agregaban transporte, vivienda y servicios, el ingreso necesario para no caer en pobreza por ingresos rondaba los cinco mil pesos por persona. Es decir, para una familia de cuatro integrantes, la cifra se acercaba a veinte mil pesos mensuales.
En ese marco, me parece que el empleo tampoco ofrece demasiado consuelo. En mayo de 2026, la tasa de participación económica fue de 59.1%. La desocupación se ubicó en 2.8% de una población económicamente activa de 62.1 millones de personas. Dicho de otra forma, cerca de 1.7 millones de mexicanos buscaban trabajo sin encontrarlo, lo que equivale a casi toda la población de Iztapalapa, llenar el Estadio Azteca unas veinte veces o reunir a más de la mitad de los habitantes de Querétaro.
Y aún entre quienes sí tienen empleo, más de la mitad trabaja en la informalidad. Muchos necesitan ampliar sus jornadas, sumar un segundo ingreso o recurrir al crédito para sostener el gasto cotidiano. Como se ve, el problema ya no es solamente encontrar trabajo, sino que el trabajo alcance.
Por eso conviene leer la ENBIARE con cuidado. Sus resultados muestran que la satisfacción depende menos del ingreso bruto que de la percepción de poder pagar las cuentas. Pero percepción no siempre equivale a solvencia. También puede hablar de adaptación, de expectativas reducidas o de una sociedad que aprendió a llamar estabilidad a no caer todavía.
Es por ello que quizá el Mundial, aunque no fue en 2025, ayudó a elevar el ánimo colectivo. Durante algunas semanas hubo celebración, consumo, calles llenas y una sensación de pausa. Pero aquel desenfreno pudo ser menos una expresión de felicidad que una catarsis generalizada, un desahogo frente a meses de presión económica.
Frente a tales circunstancias, si bien la encuesta dice que los mexicanos eran felices en 2025. Los datos de 2026 obligan a preguntar no sólo qué no estamos viendo, sino cuánto de esa felicidad sigue vigente y cuánto era, en realidad, la tranquilidad momentánea de haber llegado a fin de mes una vez más.
- Consultor y profesor universitario
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