Estamos llegando al cierre de 2025 con una economía que avanzó más por arrastre que por dinamismo. El año fue complejo y nos deja un balance bastante incómodo: resiliencia externa, debilidad interna y una creciente sensación de que las decisiones políticas han pesado más que cualquier dato. Y aunque no es un colapso, tampoco es estabilidad. Es, más bien, un estancamiento que si bien responde a condiciones globales, también lo hace a las circunstancias que nos aquejan hoy en día como país.
El crecimiento estimado por Banxico –cercano a 0.3%– confirma esa lectura. No estamos ante una crisis total, pero sí frente a un entorno de bajo dinamismo que empieza a volverse estructural. La inversión cayó 0.3% y, de manera más preocupante, registró una contracción del 8.4%. En un país donde la inversión y el consumo privado representan alrededor del 80% del PIB, estas cifras no son un mero dato, son una señal de alerta.
El contexto ayuda a explicar el resultado, pero no lo justifica del todo. Por ejemplo, a nivel interno, las diversas reformas aprobadas, a lo largo del año, han introducido una dosis adicional de incertidumbre que deja ver que las reglas pueden cambiar en cualquier momento –una situación que, hasta ahora, ha tenido efectos directos sobre la percepción de nuestro país.
Los datos lo reflejan con claridad. La inversión en construcción cayó 10.2%; la de maquinaria y equipo, 6.1%. La inversión en infraestructura acumuló una contracción; mientras que el consumo privado, por su parte, se estancó. Como se ve, el arrastre de años previos ya no alcanzó para compensar la falta de nuevos motores.
A esto se suma un frente fiscal cada vez más estrecho, con Pemex absorbiendo recursos públicos sin ofrecer una contrapartida clara en crecimiento o productividad, con la deuda pública aproximándose al 53.1% del PIB y con un gasto que, hoy, compromete el margen de maniobra. No sorprende que la OCDE anticipe déficits cercanos a 3.6% tanto en 2025 como en 2026.
Y, sin embargo, México mantiene una fortaleza: el sector exportador; ya que el arancel efectivo promedio ronda el 5%, muy por debajo del aplicado al promedio global y del aplicado a varias economías asiáticas. Ese diferencial ha permitido que –excluyendo al sector automotriz– las exportaciones manufactureras crezcan a tasas de dos dígitos. Pero es aquí aparece el gran tema de 2026: la revisión del T-MEC, que llega cargada de fricciones acumuladas, y cuyo resultado será clave para las expectativas –por lo menos– de mediano y largo plazo.
Sin duda, las condiciones estructurales siguen ahí: tenemos proximidad geográfica, integración manufacturera y un acceso arancelario difícil de replicar. Pero esas ventajas no operan en automático; porque sí, tenemos ventajas externas que muchos países envidiarían, pero enfrentamos una serie de decisiones internas que minan su aprovechamiento. Frente a tales circunstancias y ante un socio comercial cada vez más agresivo, la única estrategia sensata, de cara al 2026, será fortalecer la casa propia mediante estrategias que impulsen a una economía que pierde dinamismo.
- Consultor y profesor universitario
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