El giro es interesante. Hasta hace poco, este escenario se veía venir, pero todavía parecía administrable dentro de una negociación ordinaria. Sin embargo, hoy el mensaje es más claro… Estados Unidos no rompió con el T-MEC, pero tampoco está dispuesto a renovarlo en automático. Prefiere mantenerlo vigente, aunque sujeto a revisión permanente.

La diferencia importa. El tratado no desaparece ni deja de operar. Conforme a sus propias reglas, seguirá vigente hasta 2036, siempre que ningún país decida retirarse formalmente. Lo que cambia es el horizonte de certidumbre. En lugar de una prórroga de 16 años, los tres países entran a una etapa de revisiones anuales que puede servir para modernizar el acuerdo, pero también para mantener abierta la negociación.

Como decía, no es una ruptura; es una forma de presión. Washington parece optar por un margen de maniobra más amplio para discutir reglas de origen, déficits comerciales, relocalización industrial, competencia y sectores estratégicos. Es decir, el T-MEC ha dejado de ser únicamente un marco de integración para convertirse, otra vez, en una herramienta de negociación.

Para México, el dato central es que hay tiempo. El Tratado permite que la prórroga pueda acordarse más adelante, incluso dentro de meses o años, si las tres partes así lo deciden. Por eso, no renovar hoy no equivale a cerrar la puerta. Equivale a posponer la definición final y a trasladar la discusión a un terreno más prolongado.

El problema es que la economía no sólo necesita reglas; necesita horizonte. Una empresa que decide instalar una planta, ampliar una línea de producción o integrar proveedores no piensa en ciclos de doce meses. Piensa en años. Por eso, la revisión anual puede convertirse en un mecanismo útil si se conduce con criterios técnicos, pero puede generar ruido si cada ronda se interpreta como una amenaza al acuerdo.

Y ahí está el reto para México. No sobrerreaccionar, pero tampoco subestimar el momento. La integración de América del Norte ya no es una aspiración, es una realidad productiva. Automóviles, autopartes, alimentos, electrónicos, energía y manufacturas dependen de cadenas que cruzan fronteras y que requieren estabilidad para operar.

En ese sentido, la posición mexicana tendría que partir de una premisa sencilla, a saber, defender la vigencia del tratado, preservar la confianza de los inversionistas y llegar a cada revisión con posturas sólidas. No basta con confiar en la interdependencia; hay que administrarla con estrategia.

Por eso, es probable que el tiempo extra no necesariamente sea una mala noticia. Puede abrir espacio para corregir pendientes, ordenar prioridades y negociar en mejores condiciones. Pero también exige disciplina y una ruta crítica clara.

Frente a tales circunstancias, me parece que hoy lo que entra en juego es la capacidad de los tres países para convertir una negociación prolongada en una modernización ordenada, y no en una fuente recurrente de tensión.

 

  • Consultor y profesor universitario
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