Cada generación enfrenta sus propias dificultades. La nuestra conoció crisis económicas, inestabilidad política, violencia, desempleo y transformaciones sociales profundas. Por eso, reconocer los problemas que enfrentan hoy los jóvenes no implica sostener que antes todo era más sencillo. Implica admitir algo distinto, a saber, que hay barreras que estamos dejando crecer y que, si no se corrigen, terminarán condicionando el futuro de una generación entera.
Digo lo anterior puesto que, en México hay más de 30 millones de personas entre 15 y 29 años. De ellas, 14.9 millones están fuera de la escuela y sin trabajo. Y la dimensión del problema obliga a mirar más allá de la explicación fácil que suele atribuirlo a falta de interés, disciplina o esfuerzo; pues las condiciones de origen siguen determinando demasiado.
Para ejemplificarlo, basta mostrar que entre los jóvenes de 15 a 17 años pertenecientes a hogares de mayores ingresos, 95% continúa estudiando. Entre quienes viven en los hogares con menos recursos, la proporción cae a 59%. La brecha se vuelve todavía más evidente al llegar a la educación superior; pues estudia 69% de los jóvenes con mayores ingresos, frente a apenas 24% entre los de menores recursos.
A ello, se suma una realidad pocas veces incorporada a la discusión sobre juventud, que es que 3.3 millones de jóvenes –poco más que el total de la población de Hidalgo– están fuera de la escuela y del mercado laboral; porque realizan labores de cuidado no remuneradas. Por lo que no se trata, entonces, únicamente de generar lugares en las universidades o nuevas vacantes. También se necesitan condiciones que permitan aprovecharlas.
Incluso quienes logran incorporarse al mercado laboral enfrentan otro obstáculo. De los 15.4 millones de jóvenes ocupados, alrededor de 60% trabaja en la informalidad, sin prestaciones ni seguridad social. De modo que para demasiados, conseguir un empleo no significa todavía construir estabilidad.
El problema es que hemos comenzado a normalizar estas cifras. En los últimos cuatro años, el número de jóvenes excluidos de la educación y del trabajo disminuyó en apenas 1.5 millones. A ese ritmo, cerrar la brecha tomaría alrededor de cuatro décadas. Dos generaciones.
Y el tiempo importa especialmente ahora. Esta generación tendrá que adaptarse simultáneamente a la inteligencia artificial, la automatización, nuevas formas de empleo y mercados laborales que demandarán capacidades distintas a una velocidad inédita. Difícilmente podremos aprovechar esa transformación si millones llegan a ella con educación inconclusa o atrapados en trabajos precarios.
Es por ello que, la conmemoración del día de ayer, debería servir para algo más que reconocer el talento, creatividad o capacidad de adaptación de los jóvenes. Debería obligarnos a preguntarnos qué condiciones estamos construyendo para que puedan utilizarlas; ya que ninguna generación recibe un mundo resuelto. Nosotros tampoco lo recibimos. Pero precisamente por eso corresponde hacer lo posible para no entregar uno con problemas que ya conocíamos y decidimos no solucionar.
- Consultor y profesor universitario
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