Uso del celular en jovenes
En la imagen, una pareja camina mientras usa su celular en la alcaldía Tlalpan. | Foto: Graciela López Herrera / Cuartoscuro

La inteligencia artificial generativa (IAG) ya entró de lleno a la vida académica de las universidades en México. Miles de alumnos y profesores recurren a estas herramientas para buscar información, resumir textos, resolver dudas o preparar materiales.

De acuerdo con la Encuesta Nacional “Usos y percepciones sobre Inteligencia Artificial Generativa en la Educación Superior en México” (ENIAG 2025), 66% de los estudiantes encuestados utiliza la IA con frecuencia.

El 79% reportó usarla para generar textos y 61% para crear imágenes, mientras que otros usos incluyen la generación de código (14%), videos (10%) y audios (9%).

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Sin embargo, conforme estas herramientas ganan terreno en las aulas universitarias del país, también se hace más pertinente la siguiente pregunta: ¿Hasta dónde puede apoyarse un estudiante en la IA sin delegarle también su aprendizaje?

Andrea García es estudiante del último semestre de Ingeniería Ambiental en la Unidad Profesional Interdisciplinaria de Biotecnología (UPIBI) del Instituto Politécnico Nacional (IPN). La IA se volvió una aliada para sus clases, en especial como motor de búsqueda de otros textos y para generar resúmenes.

“Sí llego a usarla con frecuencia, pero no como para decirle: ‘Házme la tarea’. Más bien hay conceptos o temas que llegan a ser un poco complejos y le pido que me ayude a entenderlos”, relata en entrevista.

Reconoce que al principio fue una salida sencilla para realizar los trabajos de sus materias. Pero pronto notó que un uso indiscriminado resultaba contraproducente para su aprendizaje.

Un joven descansa sobre la Alameda Central mientras hace uso de su celular | Foto: Camila Ayala Benabib / Cuartoscuro

 

“Durante un tiempo me volví muy de ‘se lo dejo a la IA’, pero empezó a ser un problema porque dejé de comprender algunos temas simplemente porque no estaba haciendo los ejercicios”, detalla Andrea.

Para Camila Vega, estudiante de primer semestre de Ingeniería en Innovación y Diseño en la Universidad Panamericana, la IA también es una aliada en sus trabajos escolares, aunque prefiere utilizarla con cautela.

“Sí la utilizo, pero no me gusta usarla para mis trabajos, sobre todo porque en la escuela está prohibido y no quiero que me sancionen, me bajen puntos o me reprueben”, aclara.

El costo de confiar demasiado en la IA

Del otro lado del escritorio se encuentra Jonás Martínez, profesor de la UPIBI. Cuenta que sus alumnos utilizan con frecuencia la IA para apoyarse en investigaciones o resumir información de artículos.

El docente advierte que el problema aparece cuando los estudiantes confían demasiado en las respuestas y dejan de verificar la información: “Confían demasiado en la inteligencia artificial y no se dan el tiempo de darle una revisión al trabajo para ver el contenido, si es coherente”.

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El panorama se repite a nivel nacional. De acuerdo con la ENIAG 2025, 78.7% de los estudiantes considera que la IA es algo muy útil para realizar tareas complejas; sin embargo, uno de cada tres expresa preocupación por la información falsa y la desinformación que pueden generar estas herramientas.

La discusión no parece estar simplemente en usar o no la IA, sino en qué parte del proceso se le delega: puede servir para buscar información, resolver dudas o facilitar una tarea, pero el límite comienza a desdibujarse cuando sustituye la revisión, la comprensión o el trabajo que debería realizar el propio estudiante.

Aunque existen herramientas para detectar el uso de IA en trabajos escolares, una de las preocupaciones de Daniel González, profesor universitario de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y del Tecnológico de Monterrey, es la falta de precisión para determinar si un texto fue generado con estas tecnologías, sobre todo, hasta qué punto intervino el estudiante en su elaboración.

Aspirantes a la UNAM realizaron el examen de control presencial en el Palacio de los Deportes | Foto: Graciela López Herrera

 

“Hay una cuestión complicada: ¿qué pasa si la coincidencia proviene de un trabajo original que tú mismo hiciste y estás retomando, y ya quedó resguardado en internet? Aunque tú lo hayas escrito originalmente, la herramienta podría señalar que te estás copiando a ti mismo”, explica González.

Para el docente, esta dificultad obliga a ir más allá de detectar el uso de IA y plantea otro reto: encontrar formas de evaluar si el alumno realmente comprendió y desarrolló las habilidades detrás del trabajo que entrega: “El gran desafío para mí como profesor es desarrollar actividades que hagan un uso de la IA creativo, interesante y con una finalidad de aprendizaje”.

Jonás Martínez reconoce el reto. En vez de rechazar tajantemente el uso de la inteligencia artificial, ha propuesto en sus clases ejercicios comparativos para contrastar resultados e incentivar un uso consciente de estas herramientas.

“En algunas ocasiones yo les he pedido que me hagan una simulación de algún proceso biológico y les dije: ‘Ocupen la IA, la que ustedes gusten, y vamos a ver cómo se compara con lo que hacemos nosotros’. Y lo analizamos”, explica.

La Secretaría de Educación Pública (SEP) también ha reconocido los retos que plantea la incorporación de la IA en la vida académica. En abril, su titular, Mario Delgado, presentó 10 acciones para promover un uso ético y crítico de estas herramientas en las instituciones de educación superior.

Entre ellas, la dependencia planteó establecer lineamientos claros para su uso, impulsar la formación de docentes y estudiantes, transformar los planes de estudio y repensar los modelos de evaluación académica ante una tecnología que, reconoció, ya forma parte de las universidades.

¿Quién pone los límites a la IA en el aula?

Otro de los retos es la regulación de la inteligencia artificial en la educación superior. La ENIAG 2025 señala que 76.7% de los estudiantes y 75.3% de los docentes de instituciones públicas dicen no conocer una normativa institucional sobre Inteligencia Artificial Generativa. En las escuelas privadas, las proporciones son de 67.2% y 61.1%, respectivamente.

La experiencia de Jonás Martínez coincide con ese panorama. El profesor señala que no cuenta con lineamientos claramente establecidos para el uso de IA, aunque menciona que ha recibido capacitación y que existen criterios internos sobre su utilización.

Aula en Ciudad Universitaria | Foto: UNAM / Cuartoscuro  

“Yo creo que el principal problema es la falta de regulación y de reglamentación o normas para el uso y adopción de la IA”.

En el caso de las estudiantes entrevistadas, ambas reconocen desconocer lineamientos o reglamentos institucionales sobre el uso de inteligencia artificial. Pero coinciden en que existen profesores que establecen restricciones y consecuencias ante usos que consideran indebidos.

“He sabido de casos de profesores que han puesto observaciones porque detectaron que un trabajo estaba hecho con IA. Otros dicen que, si se detecta, automáticamente es cero”, cuenta Andrea.

Por ahora, mientras las universidades y la propia SEP discuten cómo regular e incorporar la inteligencia artificial en la vida académica, miles de alumnos y profesores ya la utilizan dentro y fuera de las aulas.

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Para unos funciona como buscador, tutor o herramienta para procesar información. Para otros, puede convertirse en una vía rápida para resolver un trabajo completo.

La discusión, entonces, parece ir más allá de permitir o prohibir su uso. El reto está en establecer hasta dónde puede intervenir la IA sin sustituir aquello que la universidad busca desarrollar en sus estudiantes: la capacidad de investigar, cuestionar, resolver problemas y construir conocimiento propio.