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IA Los atajos no forman parte de una herencia cultural inevitable, sino que son comportamientos aprendidos.

Saltarse una fila, ofrecer una “mordida” para evitar una multa, copiar en un examen o encontrar la forma de llegar primero sin recorrer todo el camino, son conductas distintas, pero comparten una misma lógica: obtener mediante un atajo aquello que, siguiendo las reglas, exige más tiempo, esfuerzo o incluso puede no conseguirse… aun a riesgo de recibir una sanción o afectar a otros.

En México, esa lógica ha encontrado hasta su propio refranero: “El que no transa, no avanza”, que resume una forma de racionalizar la deshonestidad cuando ésta ofrece resultados.

“Es un mecanismo de respuesta a la condición económica, social y de seguridad que nos rodea”, explicó a 24 HORAS Patricia Ganem, coordinadora del área de investigación de Educación con Rumbo.

Para la especialista, los atajos no forman parte de una herencia cultural inevitable, sino que son comportamientos aprendidos frente a la percepción de que el camino correcto suele ser más lento, complicado y no necesariamente garantiza el resultado esperado.

Por ejemplo, las irregularidades detectadas este año en el examen en línea de ingreso a la UNAM obligaron a la Universidad a convocar a un examen presencial de control ante la posibilidad de que algunos aspirantes hubieran recibido ayuda o utilizado herramientas tecnológicas.

La Encuesta Nacional de Corrupción y Cultura de la Legalidad del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM encontró que 82.8% considera que copiar en un examen es un acto de corrupción; sin embargo, cuando los propios entrevistados tuvieron que evaluar su honestidad del cero al diez, se calificaron con un promedio de 7.9.

La transa es un lastre

La transa es un lastre colectivo: no sólo beneficia momentáneamente a quien consigue saltarse una regla de forma injusta, sino que coloca en desventaja a quien decide cumplirla, debilita la confianza en las instituciones y reproduce la idea de que respetar las normas significa avanzar más lento.

Cuando el atajo funciona y no recibe sanción, advierten los especialistas, la conducta deja de percibirse como excepcional y comienza a normalizarse.

Felipe Gaytán, especialista de la Universidad La Salle, encuentra detrás de esa conducta lo que desde la economía se conoce como “cálculo egoísta”: cuando dos personas compiten por un recurso limitado, la cooperación puede perder valor frente a la posibilidad de quedarse con todo.

“Te lo quedas tú o yo, podríamos compartirlo, pero no sería satisfactorio ni para ti ni para mí y, por ello, es mejor ganar que perder, así que se plantea todo para obtener la meta, no siempre de la manera recta”, explicó.

Teresa Gutiérrez, directora de Monitoreo de Indicadores Educativos de Mexicanos Primero, explicó a este diario que la formación de valores no puede recaer únicamente en las escuelas.

“Es muy probable que el eliminar la educación cívica de los planes y programas de estudios pueda ser un factor para que esto se refleje en la sociedad de una forma más profunda, pero no se puede atribuir por completo. Es importante que se tenga colaboración entre lo que se aprende en el hogar y lo que se refuerza en las aulas”, señaló.

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Editora en Diario 24 HORAS. Periodista con más de 15 años de experiencia en temas políticos, sociales y ambientales. Especialista en Comunicación Digital y Social Media por el Tecnológico de Monterrey.