"A los cárteles mexicanos que están en el Cauca y a las disidencias (...) los declaro objetivo militar desde ya", advirtió Abelardo de la Espriella en una entrevista televisiva. "Esa sangre que han derramado en el pueblo caucano se las voy a cobrar gota a gota. Con esos bandidos no voy a tener ninguna consideración".
El presidente electo de Colombia anunció además que el 8 de agosto, un día después de asumir el cargo, ordenará fumigar las más de 330 mil hectáreas de coca, bombardear campamentos "narcoterroristas", "hundir todas las lanchas" que salgan por el Caribe o el Pacífico y demostrar a quienes ataquen a la fuerza pública "lo duro que muerde el tigre". "Yo respondo por eso", remató.
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Esas promesas son hoy el programa político+ del próximo mandatario. El senador izquierdista Iván Cepeda reconoció ayer su derrota en el balotaje más reñido de la historia reciente del país sudamericano y, con ello, selló el ascenso de un outsider al que sus propios compatriotas han bautizado como el Bukele de Temu.
El espejo salvadoreño
El sobrenombre no es casual y opera en dos niveles. En redes sociales, muchos usuarios señalan el parecido físico (el peinado impecable, la barba perfectamente recortada, los trajes sin corbata), una estética que De la Espriella parece cultivar deliberadamente.
Pero el verdadero paralelismo es político, ya que el colombiano admira abiertamente a Nayib Bukele, Javier Milei y Donald Trump, y reproduce una misma retórica del poder, donde la seguridad se convierte en espectáculo y el liderazgo se narra en primera persona.
Existe además un incentivo para esa imitación. El mandatario salvadoreño encabeza la región con 69% de imagen positiva, según la consultora CB Global Data, muy por encima del 36.5% del presidente saliente Gustavo Petro.
"Es el mismo efecto que tuvo Milei, que tuvo Bukele y que hizo Trump", explica a este diario Lucas Martínez, jurista colombiano y profesor del Tecnológico de Monterrey. A su juicio, el electorado no experimenta una conversión ideológica, sino que castiga a una izquierda que prometió transformaciones profundas sin cumplir las expectativas.
El predominio del discurso de seguridad también responde a una lógica política, ya que es la promesa más sencilla de exhibir. Mientras reducir la desigualdad puede requerir décadas, una megacárcel puede inaugurarse en un sexenio y una redada transmitirse en tiempo real. De la Espriella promete bombardear "para evitar el menor impacto en la población civil", respetar la protesta pacífica y sustituir los cultivos ilícitos por café o cacao.
La fila para 'copiar' a Bukele
De la Espriella no inaugura el llamado "efecto Bukele"; se suma a una lista de dirigentes que han intentado replicarlo, con resultados desiguales. En Ecuador, Daniel Noboa decretó 19 estados de excepción desde 2024 y, aun así, 2025 cerró con 50.9 homicidios por cada 100 mil habitantes, la tasa más alta de la región. En Honduras, Xiomara Castro mantiene estados de excepción desde 2022 sin lograr una reducción sostenida de la violencia. Perú, Costa Rica y Panamá también han ensayado fórmulas inspiradas en el modelo salvadoreño.
Sin embargo, Bukele gobierna con un respaldo popular abrumador y un control casi total de las instituciones. De la Espriella heredará el escenario opuesto. Ganó por menos de un punto porcentual, con un país dividido prácticamente por mitades y sin mayoría propia en el Congreso. "No llega con legitimidad; le va a tocar construirla", advierte Martínez. Además, los contrapesos previstos en la Constitución de 1991 limitan la posibilidad de ejecutar por decreto varias de sus propuestas más controvertidas.
La incógnita es si la fumigación, los bombardeos y el tigre que "muerde duro" fueron recursos de campaña o si constituyen el método con el que pretende gobernar un país que sigue siendo el mayor productor de cocaína del mundo.
