Una boleta de calificaciones escolares, dibujos infantiles, ropa desgarrada y juguetes yacen entre los restos de lo que fueron hogares en La Guaira, el estado costero que el doble terremoto del 24 de junio convirtió en la zona cero de la peor catástrofe reciente de Venezuela. El cascajo de más de 180 edificios derrumbados son vertidos por camiones en un terreno baldío frente a la costa. Allí, al menos una veintena de personas hurga cada día en busca de metales reciclables y objetos de valor.
“¿Cuál es la necesidad de estar comiendo de los muertos? ¡¿Dónde está el Gobierno?!”, reclama uno de los pepenadores, que pidió el anonimato. Con guantes rústicos y un gorro contra el sol, separa fragmentos de concreto en una montaña de restos.
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La tragedia deja, al cierre de la edición, más de 3 mil 600 muertos y sumió en la precariedad a miles de habitantes que quedaron sin vivienda ni empleo. El reporte oficial más reciente contabiliza 17,345 damnificados, 856 edificios dañados y 190 colapsados. La Oficina de Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres estima los daños en 37 mil millones de dólares.
En ese vacío, el rebusque se volvió sustento. Los chatarreros venden cobre y aluminio hasta en cinco dólares el kilo, con ganancias de hasta 30 dólares por jornada. Algunos, se dice entre ellos, han hallado botines de cientos de dólares en efectivo: ahorros de familias sepultadas. "Aquí no le robamos nada a nadie. Esto es basura, esto lo están botando", justifica un mecánico que llegó con sus dos hijos.
Muchos de quienes hoy escarban por mercancía antes lo hacían por personas. La mayoría no resistió la carga de ser rescatista voluntario. "Bajaba hasta tres pisos de escombros, como si fuera un topo", recuerda un joven que solo encontró cadáveres. "Un día tuve pesadillas en las que buscaba entre los restos y de repente alguien salía. Es una vaina terrorífica", cuenta.
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Casi dos semanas después, con los equipos internacionales en retirada y la maquinaria pesada abriéndose paso, la ciudad encara una recuperación incierta. "Me pega emocionalmente, porque lo que uno ve aquí son casas de familias demolidas", resume otro chatarrero. "Todo tiene un dolor, todo"
