Apagones prolongados, transporte reducido, empleos en riesgo y precios al alza configuran el nuevo rostro de la crisis energética que golpea a Cuba. En la isla de 9.6 millones de habitantes, el estado real de las reservas de combustible sigue siendo una incógnita, mientras las medidas de emergencia del gobierno se extenderán al menos hasta inicios de marzo.
La suspensión de la venta de diésel y la restricción drástica de gasolina han paralizado
buena parte de la movilidad. Los conductores solo pueden adquirir 20 litros mediante una
aplicación oficial, en un proceso que puede demorar meses. El transporte público se
contrajo y los taxis privados duplicaron tarifas. “Los tiempos están complicados”, afirma
Yixander Díaz, albañil que volvió a su antiguo oficio tras dejar su actividad como taxista ante la falta de petróleo.
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La reducción de la jornada laboral a cuatro días y la desaceleración económica amenazan
al sector privado. Según la consultora Auge, 96.4% de las 8 mil 904 pymes enfrenta un
impacto “severo a catastrófico”. En La Habana Vieja, el parqueador Alexander Callejas teme perder su ingreso ante la caída de clientes.
La producción local, de 40 mil barriles diarios, apenas sostiene las termoeléctricas. Entre
enero y mediados de febrero, la disponibilidad eléctrica cayó 20% respecto a 2025, aunque
la generación solar creció 42.3%. Aun así, los apagones son cotidianos.
El encarecimiento del combustible impacta alimentos en un país que importa 80% de lo que consume. En el mercado negro, el litro de petróleo alcanza cinco dólares.
