El espectáculo de Bad Bunny en el Super Bowl LX desató una reacción inmediata del presidente estadounidense Donald Trump, quien lo calificó en su red social como “uno de los peores de la historia”.
Su mensaje, cargado de desdén hacia la presentación íntegramente en español, afirmó que “nadie entiende una palabra” del artista y que la coreografía resultaba “repugnante”, especialmente para los menores que seguían la transmisión.
Para el magnate republicano, el show no sólo careció de “excelencia”, sino que simbolizó una “bofetada” a Estados Unidos en un momento en que, según él, el país vive “nuevos récords” económicos.
La crítica presidencial se produjo mientras el Super Bowl se desarrollaba bajo un ambiente político inusualmente cargado. Aunque agentes de inmigración estuvieron presentes como “seguridad”, no realizaron detenciones.
Aun así, el evento se transformó en una vitrina para el debate migratorio: colectivos distribuyeron entre 15 mil y 25 mil toallas con el lema “ICE OUT” y desplegaron intervenciones urbanas inspiradas en símbolos asociados al propio Bad Bunny. La protesta buscó aprovechar la visibilidad global del encuentro para denunciar abusos y exigir mayor transparencia.
En el terreno deportivo, el choque entre los New England Patriots y los Seattle Seahawks pasó a segundo plano frente al peso simbólico del espectáculo. El intermedio se transformó en un despliegue de identidad latina: más de doce minutos de música en español, escenografías inspiradas en el Caribe y decenas de banderas regionales que subrayaron el origen puertorriqueño del protagonista.
A ello se sumó la presencia de Ricky Martin y Lady Gaga, cuya participación reforzó la atmósfera de diversidad que marcó una de las actuaciones más comentadas del Super Bowl en los últimos años.
