La última mañana de Lorenzo Salgado Araujo empezó como casi todas en 35 años. Despertó a las cinco, tomó el café que le preparó su esposa, se puso el sombrero y salió en su camioneta a recoger a sus trabajadores. A las 6:55, en el East End de Houston, un agente del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) le disparó dentro del vehículo. Tenía 52 años y ningún antecedente penal conocido en Texas.
La versión oficial sostiene que Salgado usó la camioneta como arma contra un agente, quien disparó en defensa propia. Es, por ahora, la palabra de una parte, ya que los agentes viajaban en autos sin distintivos, no se ha hecho público ningún video y la misma fórmula se empleó en tiroteos anteriores (en Mineápolis y Chicago) que las grabaciones terminaron por desmentir.
Su hijo Ronaldo sostiene que su padre, que tramitaba un permiso de trabajo, aceleró porque creyó que iban a robarle las herramientas con las que se ganaba la vida. Si hubiera visto el emblema de cualquier autoridad, asegura, se habría detenido.
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Enterarse por Facebook
Ronaldo reconoció a su padre en un video difundido en redes. No por el rostro, sino por la voz, pidiendo auxilio mientras se desangraba en la calle. Así supo del disparo. De la muerte se enteró horas más tarde, también por una publicación.
En el hospital Ben Taub (el mismo donde nacieron él y sus dos hermanos) su padre fue ingresado como John Doe, el nombre que se asigna a quienes carecen de identidad. Según la Liga de Ciudadanos Latinoamericanos Unidos (LULAC), los agentes le habían retirado documentos y celular antes del traslado; confirmar quién era tomó más de 24 horas y requirió pruebas biométricas de la familia.
Dos días después, el cuerpo sigue sin entregarse. La esposa, indocumentada, no puede reclamarlo, y los abogados gestionan que lo haga uno de los hijos, ciudadanos estadounidenses que han chocado con la misma opacidad que su padre temió toda la vida.
El muchacho de Tlatlaya
Salgado nació en 1974 en Tlatlaya, en el sur profundo del Estado de México, una región campesina donde la falta de oportunidades empujaba a irse mucho antes de que la violencia la volviera tristemente célebre. Migró hacia 1991, casi un muchacho. En Houston levantó un pequeño negocio de construcción y una casa en cuya entrada se sentaba a escuchar música junto a su perro. Era fiel a las Chivas y a la selección mexicana.
El miércoles, unas 2 mil personas marcharon en Magnolia Park para pedir justicia, y una petición que exige una investigación independiente suma más de 140 mil firmas.
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El gobierno abrió una pesquisa, pero interna, a cargo de la misma agencia cuyo agente disparó. El hermano de Lorenzo y dos compañeros, detenidos esa mañana, permanecen bajo custodia.
"Mi padre no merecía ser reducido a un titular", dijo Ronaldo. Treinta y cinco años después de salir de Tlatlaya, Lorenzo murió a veinte minutos de su casa, en la camioneta con la que se ganaba la vida y que el gobierno le confiscó.
