La captura del autócrata venezolano, Nicolás Maduro, a principios del año, ejecutada por fuerzas estadounidenses (comandadas por Trump) en una operación relámpago, detonó un reacomodo inmediato en la política latinoamericana. Para expertos, la región, que venía de años de tensiones internas, disputas ideológicas y un equilibrio inestable entre potencias externas, entró súbitamente en una fase marcada por la centralidad de Washington.
Para José Luis Valdés Ugalde, politólogo e investigador del CISAN-UNAM, el operativo del 3 de enero no es un hecho aislado, sino “el inicio de una nueva etapa en la que Estados Unidos busca imponer paz y prosperidad por la fuerza, bajo sus propios términos”. A su juicio, este giro “fracturó la relación con el continente e instauró un marco en el que los países operarán bajo presión constante del trumpismo”.
¿Qué es la Doctrina Monroe y cómo se transforma con Trump?
La Doctrina Monroe, proclamada en 1823, estableció que ninguna potencia europea debía intervenir en los asuntos del continente americano, sentando las bases de la hegemonía estadounidense en el hemisferio. Aunque presentada como un principio de defensa regional, con el tiempo se convirtió en el sustento político de múltiples intervenciones de Washington en América Latina.
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El llamado “corolario Trump” es una reinterpretación contemporánea de esa lógica. No se trata de una doctrina formal aprobada por el Congreso, sino de un marco estratégico que reafirma la preeminencia de Estados Unidos en el hemisferio occidental como prioridad de seguridad nacional, ahora con énfasis en frenar la influencia de China y Rusia, asegurar activos estratégicos y reforzar la seguridad fronteriza.
Valdés Ugalde explica que esta estrategia representa una reinterpretación contemporánea de la Doctrina Monroe, orientada ahora a frenar la influencia de China y Rusia, asegurar activos estratégicos y reforzar la seguridad fronteriza de Estados Unidos. “Cualquier actor que se aparte del cuadrante trazado por Trump será objeto de sanciones y presiones”, advierte.
La Estrategia de Defensa Nacional de 2026 del Pentágono respalda este enfoque al colocar a América Latina como prioridad geopolítica y anunciar que Washington “restaurará su dominio militar en el hemisferio occidental”, con especial énfasis en migración, narcotráfico y control territorial.
El viraje de Petro y su cálculo de supervivencia
La reacción colombiana ilustra el alcance de esa presión. Gustavo Petro pasó de un discurso confrontativo a una postura de sumisión estratégica. Valdés Ugalde sostiene que esta transformación responde a advertencias directas de Trump: si no frenaba la exportación de cocaína y no moderaba sus críticas, “lo sacaría del poder”.
Petro busca evitar un escenario similar al venezolano y corregir errores previos: “ha sido inhábil y errático en política internacional”, afirma el experto. Para demostrar cooperación, el mandatario ha desplegado gestos simbólicos —como obsequios y mensajes conciliadores— y acciones concretas, incluida la entrega de un poderoso narcotraficante a Estados Unidos.
México: ambigüedad ante la presión creciente
En el caso mexicano, la presión también es visible. La presidenta ha optado por una respuesta ambigua, ofreciendo ayuda humanitaria a Cuba mientras asume tácitamente la exigencia de Washington de detener el envío de crudo —cerca de 20 mil barriles diarios— a la isla.
“México tiene la pistola de Estados Unidos en la sien”, resume Valdés Ugalde. La Casa Blanca busca condicionar la cooperación migratoria, endurecer la lucha contra el narcotráfico e incluso mantener abierta la posibilidad de operaciones militares estadounidenses en territorio mexicano. El margen de maniobra se estrecha y el escenario se vuelve más complejo.
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Una región con pocos amortiguadores
Frente a este panorama, los países latinoamericanos intentan respuestas puntuales. El apoyo conjunto a la candidatura de Michelle Bachelet para la Secretaría General de la ONU —respaldado por Argentina, Brasil, México y Chile— representa un gesto de coordinación regional. Pero, advierte el politólogo, difícilmente derivará en una alianza efectiva capaz de contener la presión estadounidense.
La región, sostiene, necesita una “estrategia de defensa ofensiva” que limite la acción unilateral de Washington. Por ahora, esa capacidad es reducida, y América Latina transita un reordenamiento acelerado cuyo epicentro político, militar y simbólico vuelve a ubicarse en la Casa Blanca.
