[…] Y me hablaron de futuros fraternales, solidarios. Donde lo falsario acabaría en el pilón. Y ahora que no quedan muros, ya no somos tan iguales. Tanto vendes, tanto vales. ¡Viva la revolución! Reivindico el espejismo de intentar ser uno mismo. Ese viaje hacia la nada que consiste en la certeza de encontrar en tu mirada... la belleza. […]
Luis Eduardo Aute.
No puede verse este año que comienza más que con desconcierto y desamparo. Vivimos momentos de mucha violencia, no solo en lo que ya hemos —insensiblemente— dado por hecho, como los miles de homicidios dolosos, desapariciones y casos de extorsión que tienen registro cada mes en nuestro país, sino también lo que observamos en política, en el mundo del dinero, la tecnología y las redes sociales, e incluso en nuestra comunidad más próxima.
Si bien, la desigualdad y la pobreza han menguado y los ingresos de la población han crecido, la gran deuda que tenemos y el precario crecimiento económico experimentado desde hace más de un lustro, hacen que estas condiciones no sean sostenibles. No hay inversión, tampoco confianza de quienes quieren emprender proyectos productivos en México, grandes o pequeños.
La informalidad aumenta al tiempo que el gobierno aprieta cada vez más —y desde distintos flancos— a los contribuyentes cautivos, quienes solo observan con frustración y coraje, cómo sus impuestos se diluyen entre burocracias ineptas, precarios servicios públicos, proyectos faraónicos sin beneficio social e impunes actos de corrupción —y dispendio— de la nueva élite en el poder.
El mundo se transforma recibiendo la inteligencia artificial y demás avances tecnológicos con asombro e incertidumbre. Guerras civiles, regímenes autoritarios, emigración forzada, imperialismo, genocidio y desastres naturales se hacen presentes con cada vez mayor intensidad.
Y mientras todo esto sucede, las personas buscamos espacios de paz, de calma y también de experiencias personales y familiares que nos permitan aislarnos, aunque sea por momentos, de las sombrías realidades que nos aquejan. Espacios cada vez más escasos que tenemos que escudriñar para encontrar la fuerza para salir adelante con cierto optimismo.
En lo colectivo, nuestro propósito para este año debiera ser no dejarnos vencer por el derrotismo y la apatía; los grandes cambios vienen siempre desde la sociedad organizada. Somos los ciudadanos los llamados a dar el paso al frente, participando de la cosa pública, desde lo más local hasta lo nacional. Son tiempos coyunturales que exigen mucho de nosotros; no podemos permitir que los asuntos que más relevancia tienen para el país sean decididos por unos pocos que hoy, más que nunca, se sienten empoderados, infalibles e invencibles.
En lo individual, no perder esos espacios de observación, de poder identificar la belleza, lo positivo en lo que nos rodea —y en nosotros mismos. Aprender a ver al otro con respeto, comprensión y empatía. Hacer un alto en el camino y redefinir nuestras prioridades. Desapegarnos de lo material —y lo digital— para adentrarnos en lo cultural, lo familiar... en lo humano. Quizás tan solo detenernos a contemplar el paso del tiempo.
Dejemos que se detone dentro de nosotros una verdadera revolución personal y contagiosa que nos conduzca a todos hacia un mejor futuro. ¡Feliz 2026!
@isilop
