Con López Obrador llegaron extravagancias suigéneris que le funcionaban muy bien políticamente. Sus capacidades y responsabilidad de gobierno eran muy limitadas. El vacío que esto dejaba lo llenaba con el discurso moralino, la burla y descalificación, las ocurrencias y el relato de fantasía y polarización —difundidos estelarmente en las mañaneras. Estas últimas fueron una herramienta muy valiosa para impulsar su transformación.

Sin embargo, la difusión del grandioso relato ha implicado un costo muy alto para el Estado. Dicho costo abarca desde el mantenimiento de un cuantioso equipo de propaganda y los pagos en publicidad, bots y youtubers, hasta la organización de contramarchas y la presencia de operadores electorales a lo largo del territorio nacional. Pero, sobre todo, este relato ha generado desinformación y división social, que se suman al desmantelamiento institucional y al abandono de asuntos trascendentales para la sociedad.

Hoy, tras siete años de la autodenominada Cuarta Transformación, esa estrategia comienza a percibirse rancia, cínica e insostenible, sobre todo ante la revelación de casos de corrupción y complicidad con el crimen organizado de integrantes del movimiento.

Para Claudia Sheinbaum, mantenerse en la misma línea que su antecesor —con su respectiva dinámica de confrontación—, cuando el contexto político es muy diferente, le está causando estragos. Innecesariamente, además, porque a diferencia de AMLO, ella no tiene los mismos vacíos que llenar: tiene capacidad y responsabilidad de gobierno superiores —y demasiados platos rotos que pagar. Seguir el mismo libreto de propaganda y polarización, cuando lo que necesita es generar acuerdos, le representa un freno de mano para sus planes.

Con esto no se sugiere que deje de informar ni que se olvide de las dichosas mañaneras, pero sí que replanteé su estrategia, empezando por marcar distancia de quienes al interior de su gabinete insisten en el mismo curso de acción de López Obrador; funcionarios impuestos por el expresidente que solo entienden de lealtad a una persona y a supensamiento: vivir en el pasado, polarizar, crear enemigos, difundir posverdades tras bambalinas y utilizar recursos —tan escasos hoy—, para intentar mantener un velo sobre la realidad. No hace ningún sentido continuar con ese juego que hoy no tiene cabida, menos aún, cuando la situación que enfrenta el país —y la Presidenta— es muy complicada.

Sheinbaum, que repite constantemente que el pasado neoliberal ha quedado atrás tendría que dejar atrás también lo que de su pasado inmediato no le funciona y que está dañando su autoridad y su proyecto. Lo ha ido haciendo en rubros como el de la seguridad, por qué no hacerlo también con la caduca narrativa obradorista que la hace ver débil y sumisa a un estilo de gobierno que no comparte —ni le queda.

No es ceder espacios de poder, tampoco perder mano en la agenda mediática; es actuar como jefa de Estado, hacer lo que sabe hacer y comunicarlo con seriedad. La Presidenta tiene legitimidad suficiente para imponer su propia agenda, confiar en su juicio y concentrar la mirada en el futuro. Por más aturdida que a veces se encuentre debe mantenerse ecuánime. Son muchos los retos para tan infecundas distracciones y sinsentidos.

 

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