Estamos a 13 días de la ceremonia de inauguración del Mundial de Futbol 2026 y del primer partido de México en el Estadio Azteca —así se llamará siempre. Por tercera ocasión, nuestro país será anfitrión de la justa ecuménica. Más allá de lo controversial del nuevo formato (48 países), lo corrupta y opaca que es la FIFA, los precios inalcanzables para ir al estadio y el mal momento para nuestro país de coorganizar un evento de esta magnitud, se empieza a sentir la gran emoción que a muchos nos da —tras cuatro años de espera—, el máximo encuentro pambolero internacional.
Con el mundial —como sucede con otros grandes eventos deportivos— aparece, tras bambalinas, uno de los protagonistas: la Quiniela. Las invitaciones a ser parte de alguna tardan en llegar, pero en la sabiduría del justo tiempo, llegan. Siempre llegan. El sobrino, el primo, el compañero de trabajo, el amigo; apasionados por el deporte y la emoción de la apuesta, dejan de lado ciertas actividades para el diseño, planeación y promoción del juego de predicciones a cuyo ganador le esperan, como al campeón de la gesta mundialista, el honor y la gloria.
Se dice que el origen de la quiniela se remonta a 1929, en Santander, España. El tabernero de un bar ubicado en un barrio de pescadores, organizaba apuestas sobre las peleas de gallos que tenían lugar en el patio trasero de su establecimiento. Paralelamente, en el sitio solían entrenar al futbol niños que vivían en la zona. Ante el estreno de la liga española, el cantinero trasladó su sistema de juego de los gallos al deporte que comenzaba a conquistar España. También conocida como Bolsa de Futbol, la quiniela fue regulada en 1931 y oficialmente instituida en el país ibérico quince años más tarde.
Para bien o para mal —los políticos utilizan estos periodos para intentar desaparecer nuestros grandes problemas—, las semanas siguientes serán para los aficionados tiempos de distracción, convivencia fraternal y esparcimiento. Esperemos que también sean de muchas alegrías. La esperanza de ver a nuestra selección entre las mejores nunca muere —la ingenuidad tampoco. Ni en el campo verde de las geometrías, ni en las asimetrías de nuestra realidad.
Pero no aguaré la fiesta. La Quiniela, el otro motor del anhelo, se entremete en nuestras vidas, en sus distintas formas: con marcadores, sin ellos, adivinando qué equipos ganan, empatan o pierden, cuáles avanzan, quiénes formarán parte del grupo selecto —sí, es sarcasmo— de los ocho mejores —por Dios— terceros lugares. Hay baratas y de precios desmedidos. Están las que solo premian al primero, segundo y tercer lugar, y las que —en estos tiempos de desdén por el mérito, pero igualmente de buena onda que tanta falta nos hace—, dan un porcentaje de la bolsa al más maleta de los participantes.
El orgullo y la cartera, pero también la intensidad de seguir todos los partidos a la que solo esta apuesta nos impulsa, harán presencia en la cancha. De la casa, a la oficina; del restaurante a la cantina; a familiares, amigos y colegas nos toca gozar de este otro acto de fe —basado también en la posibilidad de lo improbable—; ese delicioso ingrediente de nuestra pasión futbolera: la quiniela. ¡A disfrutar!
@isilop
