Donald J. Trump quiere control y poder. Pretende tener, al interior de su país, un gobierno centralista —sin contrapesos—, que le permita actuar de forma discrecional; al exterior, la hegemonía. Piensa que debe alcanzarla y defenderla conquistando territorios —ya sea porque estos pueden representar un riesgo para su visión imperialista, y la seguridad de Estados Unidos, o porque le traerán beneficios inmediatos en materia económica, política y militar.
Apropiarse, de una forma o de otra, de los recursos de otras naciones, le ayuda a financiar sus acciones, demostrar su autoridad y le permite trasladarlos al país que gobierna, generando réditos a su proyecto político. Por otro lado, evita que potencias antagónicas se aprovechen de esa riqueza y continúen fortaleciendo alianzas que ponen en juego la supremacía de EE. UU. en el continente.
En este camino, Trump no solo ve por su prestigio, el bienestar de su pueblo y el dominio de su país sobre el mundo, sino también, desde su posición de poder, busca obtener beneficios para su propio imperio: el de su familia y de sus aliados más cercanos. Anhela que su nombre trascienda en la historia y su fortuna a decenas de generaciones. Tiene como objetivo, además, ser reconocido como quien logró hacer que Estados Unidos volviera a ser grande.
El conseguir que el pueblo venezolano —o el cubano— salga de la miseria en que la ha hundido la dictadura chavista —o castrista— para que pueda vivir con dignidad, libertad y democracia, le tiene sin cuidado. Quiere controlar su territorio y/o a quien lo gobierne, para hacerse de sus recursos naturales y reforzar el papel de policía del mundo que siempre ha jugado Washington —aunque ahora crea que puede hacerlo sin aliados.
Trump no es un improvisado; su interés no es solo económico. Tiene información con la que pretende justificar sus acciones para neutralizar a potencias antagónicas en el hemisferio occidental: el poderío geopolítico de China pareciera desenvolverse de forma discreta, pero cada vez con mayor impacto en el mundo. Rusia se ha convertido en una fuerza poco confiable; su invasión a Ucrania se ha llevado a cuestas cientos de miles de vidas y se ignora cuál será su siguiente paso. Irán, una especie de olla express, se hizo presente en América, desde hace ya algunos lustros, con Venezuela como principal aliado. Corea del Norte, es un volcán dormido del que no se sabe bien cuándo vaya a hacer erupción.
En este nuevo orden mundial, que pareciera desarrollarse en un tablero de Risk, Donald Trump, con apenas un año de su segundo mandato, está tomando la delantera, se ha apropiado de los dados y, mientras nadie se los arrebate —o lo convenza de dejarlos en la mesa—, seguirá moviendo sus fichas, conquistando territorios (Venezuela, Groenlandia, Cuba, ¿México?) y adquiriendo nuevas áreas de influencia y dominio; todo para su beneficio, el de su país y el de quienes decidan rendirse a sus designios. El reglamento de este juego —el derecho internacional— ha sido guardado en un cajón y ahora serán los más fuertes quienes pongan las reglas. Si Trump gana la partida, nos espera un futuro incierto —y preocupante—; si pierde, solo quedará esperar que no aviente el tablero. El juego apenas comienza.
@isilop
