En un mundo donde los líderes de los países más poderosos han perdido la brújula, el mandatario chino Xi Jinping se percibe enfocado. Firme, conocedor de su poderío y de la situación que se vive en el orbe, no se detiene en vacilaciones y muestra convicción en su política de Estado, que si bien —cosa no menor— es violatoria de derechos humanos y represora de libertades, ha sacado de la pobreza extrema a casi 100 millones de personas.

Nacido en 1953, hijo del héroe de la revolución comunista y viceprimer ministro, Xi Zhongxun, quien fuera acusado de traición y destituido de sus cargos —e incluso encarcelado—, fue enviado, a sus nueve años, a trabajar al campo en una de las provincias más pobres de China, viviendo experiencias que hoy alimentan su narrativa de conexión emocional con el pueblo.

Bajo su política de Prosperidad Común, Xi Jinping ha buscado romper la paradoja en la que, a pesar de que durante cuatro décadas el país creció a tasas extraordinarias, sacando a cientos de millones de la pobreza, también se convirtió en una de las naciones más desiguales del mundo. Dirige su estrategia al ciudadano, activando la demanda interna, fortaleciendo la clase media e impulsando una política redistributiva —aunque coercitiva— en donde se moderan los excesivos ingresos de las empresas para retribuir a quienes menos tienen.

Mientras la Ruta de la Seda, su principal proyecto geopolítico y económico, se consolida —más de 150 países integran ya esta red global de comercio e infraestructura—, Donald Trump debilita alianzas, impone aranceles y activa una contraproducente guerra con Irán; Reino Unido enfrenta crisis políticas internas; Rusia se encuentra aislada por la guerra con Ucrania; Francia vive una parálisis parlamentaria y; la Unión Europea, no logra ponerse de acuerdo en presupuesto, política exterior, ni en defensa.

Al margen de los juicios morales que merece el régimen, lo cierto es que el mandatario chino ha sabido desmarcarse de sus erráticos colegas. Se le percibe como un líder consistente, con visión de largo plazo y que ha construido un sistema autoritario —no deseable en términos democráticos— que le ha permitido ejecutar libremente sus políticas socioeconómicas y comerciales.

La semana pasada, en su visita de Estado a China, vimos a un Trump sumiso, evadiendo el tema de Taiwán, regresando a su país sin resultados concretos, e incluso rompiendo su abstinencia de décadas, dando un sorbo de vino espumoso para brindar con Xi. Días después, Putin y Xi Jinping dieron al mundo una imagen de cooperación y relación —inquebrantable— que dejó claro a quién considera este último su aliado estratégico.

El mundo vive una sequía de liderazgos y esto hace resaltar los pocos cuyas convicciones y firmeza los convierte en objetos de observación y análisis. Este es el caso de Xi Jinping que, sin mayores titubeos, tiene a la República Popular China como uno de los líderes indiscutibles en materia geopolítica, económica, tecnológica y militar, estableciendo un ambicioso modelo de globalización. La pregunta es si el resto de las potencias tomarán decisiones que fortalezcan la relevancia de sus países —así como sus disminuidos valores democráticos— en este nuevo orden mundial.

 

    @isilop