A las seis y cuarto de la mañana, El Santuario de Valle de Bravo respiraba en voz baja. El aire era frío, pero no hostil; más bien cálido, la temperatura en este lugar es 8° más que en el pueblo.

Estábamos listas a esa hora en la que el mundo todavía no decide si pertenece a la noche o al día nos encontró a varios reunidos frente al laberinto, Réplica del laberinto de Chartres ubicado en francia, que se utilizaba en la Edad Media como una forma de meditación espiritual. Representa un viaje simbólico hacia el centro, que puede interpretarse como un acercamiento a lo divino, una búsqueda del alma o un viaje interior hacia la iluminación espiritual. No era un simple amanecer: era una cita conmigo misma.

La consigna era clara. Antes de entrar, voltear hacia el punto exacto por donde nacería el sol y, desde ahí, sembrar la intención. Mirar el horizonte como quien mira una página en blanco. Sostener la Japa mala entre los dedos, sentir el cuarzo en la palma de la mano, y comenzar el recorrido.

El laberinto no es una metáfora; es una estructura viva que obliga a caminar despacio. Minutos que no se miden en tiempo sino en conciencia. El trazo serpentea y uno avanza sin atajos, sin prisas, sin la ilusión de controlar el rumbo. Cada giro es una pregunta. Cada recta, una pausa. El cuerpo se mueve, pero es la mente la que realmente transita.

Al llegar al centro, todo se vuelve más nítido. El corazón late con otra cadencia. Ahí, sosteniendo el cuarzo —piedra que guarda memoria de la tierra— y la japa mala —testigo de cada repetición, de cada pensamiento— deposité mi intención. No como quien pide, sino como quien reconoce.

Aprendí que la intención no se implora: se declara.

El Santuario está construido sobre una montaña de cuarzo, grafito y otros minerales que la propia tierra ha formado y reciclado con paciencia milenaria. No es un dato menor. Caminar ahí es hacerlo sobre una geología cargada de energía, de historia, de transformación. Las piedras que sostienen el recinto no son ornamento; son testimonio de que todo se reconfigura, de que nada se pierde, de que incluso lo fragmentado puede convertirse en estructura.

El regreso por el laberinto tiene otro pulso. Es el mismo camino, pero no es el mismo andar. Algo se ha acomodado por dentro. La intención ya no está en la mente: está sembrada. Y entonces uno entiende que la salida no es un final, sino una integración. Sales por donde entraste, pero no eres quien entró.

A las seis cuarenta y cinco, cuando el primer destello comenzó a delinear el contorno de las montañas, ocurrió: La luz aún era tímida, apenas un filo dorado rompiendo el azul profundo del amanecer. Y en ese instante, un búho se posó en el barandal frente a nosotros.

No hubo sobresalto. Hubo silencio.

Un silencio compartido, casi sagrado. Mis compañeros y yo quedamos suspendidos en ese contacto visual que parecía atravesar el tiempo. El búho no era una visita casual; era presencia. Sus ojos, enormes y firmes, sostenían la mirada con una serenidad antigua. No observaba: sabía.

En muchas tradiciones, el búho es símbolo de sabiduría, de visión en la oscuridad, de la capacidad de ver lo que otros no perciben. Y ahí estaba, frente a nosotros, justo cuando la noche cedía su territorio al día. Como si recordara que la verdadera claridad no depende de la luz exterior.

Comprendí entonces que la transformación no sucede en el centro del laberinto ni en el instante exacto del amanecer. Sucede cuando reconoces el poder que ya habita en ti. El laberinto es una herramienta. El cuarzo, un amplificador. El amanecer, un espejo.

El búho y yo nos miramos apenas unos segundos —o tal vez fue una eternidad— y en ese intercambio entendí la lección más profunda de la mañana: no estamos esperando que algo nos transforme. Estamos recordando quiénes somos y nuestro poder interior.

Cuando el sol finalmente se elevó y el cielo se tiñó de oro, el búho alzó el vuelo con una naturalidad impecable. Su presencia había cumplido su propósito, el aleteo de sus enormes alas emanaba un sonido que jamás olvidaré.

Salí del santuario con la certeza de que la experiencia no era un episodio aislado, sino una revelación íntima. Caminé sobre la montaña de cuarzo sintiendo que, así como la tierra se recicla y se reinventa, nosotros también podemos hacerlo. Cada intención sembrada es una posibilidad de renacer.

En @elsantuariovalle el amanecer ocurre cuando decidimos mirarnos desde adentro.

Esa mañana en Valle de Bravo vi la claridad dentro de mí.

Y el búho fue testigo.

Con Cariño: Marcela.

 

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