Leí una frase que se me quedó instalada: lo más elevado que puede alcanzar un ser humano es el asombro. Y si algo te asombra... valóralo, porque no puedes obtener nada superior.

Estamos perdiendo la capacidad de asombrarnos, ya casi nada nos detiene. Todo lo vemos, todo lo consumimos, todo lo deslizamos.

Lugares, personas, momentos… pasan frente a nosotros con una velocidad que no deja espacio para que algo realmente nos toque.

Nos hemos vuelto expertos en estar… sin estar.

Absorbemos experiencias como quien revisa pendientes: una tras otra, sin pausa, sin profundidad, sin verdadera participación. Vamos tachando momentos en lugar de habitarlos.

Sin presencia, no hay asombro.

Porque el asombro no aparece en la prisa, no se manifiesta en la distracción, no se instala en una mente que ya cree haberlo visto todo.

El asombro exige algo muy simple, pero cada vez más escaso: La atención en lo que sucede.

Esa capacidad de detenerse, de mirar con ojos nuevos, de permitir que algo —por pequeño que sea— nos sorprenda. La llamada de un amigo para ofrecerte su apoyo cuando menos te lo esperabas, un atardecer que por su resplandor te hace voltear al cielo, una conversación que no esperabas… ahí vive el asombro.

Y no es algo superficial, está directamente ligado a la vitalidad, a esa sensación de que sigues vivo por dentro, de sonreír por la sorpresa de algo inesperado como el apoyo de tu amigo, cuando te asombras inevitablemente te expandes.

Pero cuando dejas de asombrarte… algo se apaga.

La vida empieza a volverse plana, predecible, repetitiva. No porque realmente lo sea, sino porque tú dejaste de mirarla con apertura, y eso sí es grave.

No es que el mundo haya perdido su capacidad de sorprenderte… es que tú te desconectaste de ella.

Tal vez no necesitas más experiencias, tal vez necesitas más presencia en las que ya tienes.

Recuperar esa disposición interna que no da nada por sentado, porque el asombro no es un lujo es una forma de estar en el mundo y de sentirte vivo, tan solo cierra tus ojos y recuerda, ¿cuándo fue la última vez que algo o alguien te asombró?

¿Qué todavía puede sorprenderte?

Y cuando lo encuentres —porque sigue ahí, esperando— no lo minimices, no lo apresures, no lo dejes pasar, detente, míralo bien, permite que te atraviese.

No necesitas una vida extraordinaria, necesitas volver a sentir lo extraordinario.

Con cariño: Marcela.

 

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