En los últimos meses he conectado profundamente con mis ancestros. No hablo de rituales extraordinarios ni de señales imposibles de explicar. Hablo de algo mucho más íntimo: los recuerdos.

En los momentos más difíciles, he salido adelante gracias a ellos. No porque pueda escuchar sus voces o recibir sus consejos de manera literal, sino porque sus enseñanzas siguen habitando en mí.

Recuerdo cómo enfrentaban la vida, cómo amaban, cómo se levantaban después de una caída, y de alguna manera cuando necesito fuerza, encuentro en esos recuerdos la compañía que creí haber perdido.

Esa cercanía me ha llevado a reflexionar sobre algo que llamo la cuarta edad.

Está claro que la vida se divide en etapas: infancia, juventud, y vejez. Como si la existencia pudiera encerrarse en calendarios, en cumpleaños y velitas o en los años que marca una identificación.

A mi parecer existe una edad que no aparece en los libros de gerontología ni en los registros civiles y sin embargo se queda en la eternidad, que comienza cuando ya no estamos físicamente aquí y, sin embargo se siente la presencia de quienes ya no están.

La cuarta edad es el tiempo que vivimos en la memoria de quienes nos han querido; un territorio invisible donde hoy habitan mis ancestros y donde, algún día, espero también ser recordada por las personas que he amado a lo largo de mi vida.

Es esa vida silenciosa que continúa vibrando en los corazones de otros, la que no depende de la respiración ni de los latidos, sino del recuerdo.

En mi vida hay personas que ya no están físicamente con su esencia y aun así permanecen en mí, porque siguen habitando una mesa familiar, una fotografía enmarcada, una canción, en un aroma de jazmín como es el caso de mi abuelo y de inmediato los trae de vuelta.

He pensado mucho en ello, en cómo algunos seres queridos parecen seguir caminando junto a mí, mucho después de haberse ido. Los encontramos en una frase que repetimos sin darnos cuenta, en una receta que conservamos con cariño, en una forma de mirar el mundo que aprendimos de ellos y en mi caso con algunos gestos que me quedaron marcados.

Quizá por eso el verdadero final nunca ocurre el día de la despedida, ocurre cuando nos olvidamos de ellos.

Mientras haya alguien que le cuente a otra persona cómo éramos, seguiremos aquí.

Mientras alguien recuerde nuestras alegrías y también nuestras heridas; mientras alguien hable de los sueños que tuvimos, de aquellos que abandonamos y de los que logramos conquistar; mientras alguien comparta las historias que nosotros contábamos, nuestra existencia continuará escribiéndose en otras vidas.

Somos mucho más que un cuerpo atravesando el tiempo, somos las huellas que dejamos en otros, somos las conversaciones que inspiramos, los abrazos que dimos, las palabras que acompañaron a alguien en un momento difícil.

Somos aquello que permanece cuando todo lo demás desaparece.

Tal vez el propósito más profundo de la vida no sea simplemente acumular años, sino construir recuerdos dignos de ser contados.

La cuarta edad no pertenece a quienes se van, pertenece a quienes se quedan.

Porque mientras exista alguien que nos nombre amorosamente más allá del tiempo, mientras haya una voz que vuelva a contar nuestra historia, seguiremos viviendo.

La guía de mis ancestros ,quizás sea la forma más hermosa de eternidad.

Con cariño: Marcela.

 

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