Miriam Castillo

Una mujer en Francia fue violada y vulnerada de la manera más atroz que hemos escuchado en mucho tiempo. Aún así, una parte del duro camino que recorrió para la justicia tuvo que ver con amenazas y vergüenza por las que pasó y que tuvo que soportar después de denunciar los crímenes que cometieron más de 70 hombres, incluido (y encabezados) por su esposo.

Gisèle Pelicot es una mujer que descubrió que el hombre con el que estuvo casada durante más de cinco décadas, la drogaba y la violaba en su casa. Además, ideó una práctica en la que invitó a más de 200 hombres a que tuvieran relaciones sexuales con ella inconsciente.

Dominique Pelicot fue descubierto y detenido porque las autoridades hicieron una investigación después de que grabara sin consentimiento debajo de la falda de una mujer en el supermercado.

De no haber sido por eso, probablemente hubiera seguido con la práctica a pesar de los incontables daños y vulneraciones que le significaban a su esposa.

Pese a ello, según refiere Gisèle en un par de entrevistas que dio a The New York Times y a El País, ella sintió una oleada de vergüenza. Sentía pena como víctima, sentía vergüenza de saber lo vulnerable que fue y lo poco que pudo hacer.

De inicio, Gisèle iba a tener un juicio privado, solo ella y sus agresores. Pero en una decisión extremadamente valiente ella decide hacer público su juicio. Enfrentarse al escrutinio, al morbo y a las opiniones de muchos que estarían al tanto de la identidad de los agresores, pero también la de ella.

Incluso, algunos de los abogados defensores durante el juicio la señalaban de ser cómplice cuando decidió no llevar el juicio en privado. La señalaron, la estigmatizaron y la relacionaron con un grupo enorme de hombres que estuvo dispuesto a tener relaciones con una mujer a la que jamás vieron consciente.

Y es aquí donde creo que deberíamos detenernos. Aunque el juicio ocurrió en Francia, la experiencia es escalofriantemente posible y cercana. Y sobre todo, trasladar la culpa a las víctimas es una práctica común que no entiende de idiomas ni fronteras.

El testimonio de Gisèle Pelicot importa porque es una de las demostraciones más valientes en defensa de las víctimas. Es un testimonio claro de lo difícil que es denunciar y transitar en juicios que tienen que ver con violencia contra las mujeres.

Ellas son cuestionadas, juzgadas y muchas veces culpabilizadas en un contexto de muchísima vulnerabilidad. Este caso nos tiene que reflejar nuestras fallas como sociedad donde quienes denuncian no solo deben reunir el valor para marcar la falta, sino pareciera que también deben reunir una serie de requisitos y pruebas para que les crean.

Gisèle cuenta en las entrevistas que sus agresores se percibían casi como personas inocentes. Ella, con la vida vuelta al revés, tenía que sacar fuerzas de algún sitio para seguir la denuncia.

Hay algo mal con nosotros que exigimos que las mujeres necesiten tanta fiereza, tanto temple para tener justicia.

 

    @Micmoya