Miriam Castillo

Hay veces que los números son abrumadores y nos hacen pensar que,  aunque hemos llevado la protesta a las calles año con año, no parece que haya un avance o un cambio.

Pero creo que no deberíamos caer en la tentación de los datos. Llevar las demandas a las calles hace que no guardemos silencio y ese es un avance que parece poco pero es de lo más valioso.

Que las mujeres tengamos un espacio donde podamos poner en la mesa lo que nos aqueja y la lista de pendientes hacia nosotras, nos recuerda que hemos avanzado poco a poco, pero el camino todavía es muy largo.

En México, las marchas a propósito del 8 de marzo tienen décadas de llevarse a cabo. En 1971 se tiene registrada la primera marcha con el contingente de Mujeres en Acción Solidaria.
Estas se siguieron repitiendo durante años, en 2015 incrementaron su presencia debido a la participación de los padres de los estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa y para 2020 se registró una de las marchas más concurridas.
La frecuencia de episodios de violencia y la reacción de las autoridades impulsó a miles de mujeres a ocupar las calles. Y desde entonces no nos hemos movido de ahí.
Notamos que podemos ser muy sonoras. Que las desigualdades, que los maltratos y las brechas ahí siguen.

Las cifras sobre la violencia y la brecha de desigualdad de las mujeres en los trabajos de crianza y equidad laboral no han cambiado. Los feminicidios, si bien han tenido algunas variaciones en las cifras, siguen siendo una de las preocupaciones principales porque quedan en la impunidad y las autoridades han hecho poco para prevenirlos.

Incluso, hay quienes todavía pelean la clasificación de estos delitos como algo particular que requiere de un tratamiento especial y a veces el panorama luce desesperanzador como para poder plantearnos salir otra vez a marchar.

Pero justo ahí radica la diferencia.

En la calle, cada vez peleamos más por poder salir, por poder hablar, por llevar un conteo de los verdaderos avances por encima de la violencia, por encima de las brechas de desigualdad.

Porque nos han repetido muchas veces que los gobiernos se han vuelto paritarios aunque nosotras seguimos encontrando los mismos fallos en el sistema que nos resta oportunidades.

Aunque ya ocupamos puestos en empresas, organizaciones y proyectos laborales, aún no podemos estar en sitios claves de decisión en la misma proporción que los hombres.

Los sistemas de cuidado todavía nos fallan porque se recargan casi por completo en las mujeres, quienes modifican su trayecto profesional para poder encajar en todos los roles.

Todavía tenemos que modificar nuestras rutas, nuestra manera de vestir porque las agresiones siguen y porque siguen adjudicándolas a nosotras.
Pero hemos ganado espacios. Hemos ganado la necesidad de que los gobiernos tengan que tomar en cuenta una política de género. Hemos ganado poco a poco el derecho de que nos escuchen, de que admitan que todavía hay una deuda grande, porque no hemos llegado todas, pero vamos a seguir marchando hasta que lo logremos.

 

     @Micmoya