En estas últimas semanas, ha habido varias noticias que involucran a presidentes municipales y una forma… particular de ejercer el poder. Creo que la tentación de ejercer el mando local como si fuera un pequeño feudo particular viene casi desde que inventamos los gobiernos democráticos. Pero justamente por eso creo que deberíamos preguntarnos: ¿Cómo ponemos frenos? ¿Cómo pedimos cuentas a los gobiernos más cercanos a las personas?
Menciono dos ejemplos no porque crea que son similares, sino porque creo que son una demostración de los extremos de qué significa para muchos presidentes municipales ejercer la política y los recursos públicos.
La primera es la presidenta municipal de Tenancingo, en el Estado de México, Nancy Nápoles, según la fiscalía del estado, fingió su secuestro y le dijo a sus familiares que podían pagar su rescate con dinero de las arcas públicas.
El caso escaló porque la fiscalía inició investigaciones después de la denuncia por secuestro debido a inconsistencias, según lo dicho por los mismos funcionarios. El problema aquí es que la idea de la alcaldesa era cubrir un faltante por 40 millones de pesos porque los recursos ya se habían usado para comprar propiedades y coches para la exfuncionaria.
Es decir, el daño a las finanzas públicas ya se llevó a cabo y probablemente nos enteraríamos de la malversación en una de tantas auditorías posteriores si contamos con la suerte suficiente.
Creo que el problema es que la discrecionalidad con la que se hacen los gastos es uno de los incentivos por los que muchos funcionarios públicos llegan a las competencias locales.
La mística del servicio público es una cosa abstracta a la que todo el mundo mira solamente cuando se hacen entrevistas para promover los informes de gobierno.
Por otro lado, hasta ahora como población no hemos encarecido las malas gestiones en los gobiernos locales. Al momento, gestiones regulares han sido trampolines suficientes para quienes quieren seguir en la política y creo que hemos visto pocos ejercicios en la rendición de cuentas y en hacer una gestión de resultados.
A pesar de que el gobierno municipal es uno de los eslabones más útiles para que la población pueda atender sus necesidades cotidianas, nos organizamos poco y mal para pedir resultados. Muchas veces nos limitamos a pedir que los servicios no empeoren y a que se hagan pequeños eventos, festivales o reuniones para justificar el ejercicio del gasto.
Eso me lleva a otro ejemplo: el del presidente municipal de El Naranjo, en San Luis Potosí que consideró que un festejo del día del padre, llevado a cabo con recursos públicos, ameritaba contratar “chicas buena onda”. Rafael Olvera hizo una lista de cosas malas: cosificar a las mujeres, repetir estereotipos machistas desde el ejercicio público, mal uso de los recursos. Pero el problema es que no estoy segura de si eso trasciende lo anecdótico.
Quizá quienes debemos cuestionarnos nuestros límites somos nosotros como ciudadanía.
@Micmoya
