Miriam Castillo

La presidenta Claudia Sheinbaum dio un discurso ayer donde habló acerca de la injerencia extranjera. En el segundo aniversario del triunfo electoral de la presidenta y el séptimo del movimiento de la Cuarta Transformación, el mensaje estuvo centrado más que en los avances internos de proyectos o metas del país, en las amenazas que vienen de fuera.

Se dijo poco sobre los avances en salud, educación, economía y algo se comentó sobre seguridad.

Pero aquí la duda genuina es: ¿En qué punto estamos con las relaciones con el exterior?

Hace unos meses se hablaba de una cooperación sin precedentes e incluso al inicio del gobierno se enviaron a 92 personas a Estados Unidos sin algún procedimiento jurídico específico desde México para que enfrentaran juicios en el país vecino.

La Presidenta aseguró que “cooperación no significa subordinación, colaboración no significa sometimiento”.

En medio de las negociaciones de los términos del tratado de libre comercio y las amenazas a veces veladas, pero por lo general en un tono completamente abierto desde la Casa Blanca, ¿en dónde estamos parados?

Debido a que el panorama depende en buena parte de un entorno que hasta ahora es inestable y cambiante —basta mirar a Venezuela, Cuba e Irán— puedo entender el espíritu de llevar a cabo asambleas locales informativas, que fue uno de los anuncios más recientes de la mandataria. Pero me hace pensar que los esfuerzos gubernamentales deberíamos tenerlos en otro sitio.

¿Qué hacemos con nuestra soberanía energética? Las evaluaciones sobre Pemex cada vez son más complejas y la paraestatal difícilmente podemos decir que atraviesa solo un mal momento. Tiene una crisis visible que debería ser atendida con urgencia.

Lo mismo con el panorama económico y la posibilidad del crecimiento como país en un entorno internacional marcado por la guerra.

Es por eso que la duda genuina de hoy está enfocada en dónde deberían estar las prioridades gubernamentales y los esfuerzos institucionales.

La organización de asambleas públicas implica una serie logística importante y un despliegue de recursos humanos cuya lógica se inclina más hacia la cohesión social y el discurso político.

No estoy diciendo que podamos prescindir de una línea discursiva que busque unificarnos, encontrar un sentido de unidad nacional o bien tratar de informar sobre los riesgos de la tentadora idea de que alguien externo sea quien lleve a cabo procesos de justicia en un entorno donde no se ha visto mucho éxito en los juicios. Pero, ¿realmente es donde deberían estar nuestras prioridades?

Pregunto con un interés real de conocer la lógica gubernamental y saber si en una situación tan compleja los esfuerzos no deberían estar en sacar adelante a la economía y a reconstruir la posibilidad de tener una soberanía (o una estabilidad) energética al menos.

Una identidad nacional es importante de construir. Finalmente es parte de la mística la que puede o no ayudar a sostener en su momento decisiones difíciles ¿o no?

 

     @Micmoya