La inteligencia artificial casi siempre tiene mala prensa. Y no podemos culparla, en su mayoría está financiada por magnates que difícilmente hemos visto preocupados en el bien común.
Sólo en las últimas semanas hemos descubierto (o reafirmado) que las inversiones aceleradas en este tipo de tecnología pueden estar provocando una burbuja financiera peligrosa y algunos expertos siguen empujando a que haya una regulación más estricta para proteger la privacidad y los datos de las personas. Una necesidad que no va tan rápido como el avance de las tecnologías.
Sin embargo, creo que deberíamos hacer una pausa también para encontrar los avances y las posibilidades que nos trae la IA. El esfuerzo lo hago un poco por resignación y otro poco porque estamos ya en medio de algo que cambió la industria y modificará la forma en la que trabajamos, nos divertimos y procesamos conocimiento.
En todos los procesos, hay lados buenos y lados menos malos y el esfuerzo de la sociedad en general, y de los gobiernos en particular, debe estar centrado en la intención de promover y proteger aquellos que nos beneficien.
Mientras, las buenas noticias: un grupo de científicos encontró una manera de escuchar al volcán Popocatépetl y quizá, con la ayuda de la inteligencia artificial, encontraron también la manera de mejorar la protección civil.
Los expertos del Instituto de Geofísica y del Servicio Sismológico de la UNAM diseñaron un sistema con el que pueden escuchar y monitorear el volcán Popocatépetl. Colocaron sensores en el volcán (un trabajo que se realiza a pie, con las dificultades que significa acercarse a una zona de erupciones activa) y a partir de ellos, se recopilan datos.
Marco Calò, uno de los investigadores que coordina a los científicos de la investigación, explicó en entrevista que la idea de colocar los sensores se debió a una necesidad de saber cómo luce el interior de los volcanes.
Esa información, además de perseguirla por el sentido simple de conocimiento, sirve para conocer cómo se comporta el interior del volcán, el magma y con ellos entender las erupciones, su alcance y sus consecuencias.
No es la primera vez que se instalan los sensores —los primeros experimentos se hicieron hace 15 años— pero la innovación está en la manera en la que se procesan los datos. A través de los algoritmos de la inteligencia artificial, los científicos pueden procesar datos a velocidades mucho más cortas.
El tener los datos siempre ayuda para la toma de decisiones y la posibilidad de no tardar meses en procesarlos gracias a la IA contribuye a que sean útiles y con ello, podamos prever tragedias que cuesten vidas.
Los proyectos han resultado ser viables y replicables, hasta ahora está la posibilidad de colocar sensores también en el Pico de Orizaba.
Y aquí la duda genuina, ¿cómo hacemos para que los beneficios de la IA sean más que sus problemas? Quizá deberemos seguir intentando hasta encontrar un balance suficiente.
@Micmoya
