A medida que la campaña de Estados Unidos e Israel contra Irán se amplió y el tránsito por el estrecho de Ormuz quedó casi paralizado, Europa se vio obligada a enfrentar un doble golpe: una crisis militar en su periferia y un alza energética que parece estar abriéndole una ventana al Kremlin.
El presidente del Consejo Europeo, António Costa, sostuvo que Rusia es, hasta ahora, la principal beneficiaria del conflicto, al advertir que el encarecimiento del petróleo y el gas podría ayudar a financiar la guerra de Moscú en Ucrania, mientras la atención y el armamento occidentales se desvían hacia Medio Oriente.
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Esa advertencia llegó cuando el Brent superó los 100 dólares por barril, reactivando temores que no se veían desde la invasión rusa de 2022. Vladimir Putin reaccionó de inmediato al sugerir que Moscú estaba dispuesto a retomar vínculos energéticos de largo plazo con Europa, aún después de que la Unión Europea redujera drásticamente su dependencia del combustible ruso: de más del 40% de sus importaciones de gas antes de la guerra en Ucrania a alrededor de 13% en 2025.
Al mismo tiempo, se informó que la administración Trump evaluaba ampliar el alivio a las sanciones sobre el petróleo ruso para enfriar los mercados, pese a la presión europea para no permitir que Moscú vuelva a llenar su “cofre de guerra”.
La turbulencia, además, ya rebasa al crudo. Analistas advierten que una disrupción prolongada en el Golfo podría afectar el suministro de helio y bromo, dos insumos clave para la fabricación de semiconductores, mientras que una energía más cara podría frenar la expansión de centros de datos para inteligencia artificial.
Europa, mientras tanto, ha tenido dificultades para proyectar una postura unificada. Francia, Grecia, Reino Unido y otros países enviaron fuerzas a Chipre tras ataques con drones vinculados a Irán, y Emmanuel Macron declaró que cuando Chipre es golpeado, Europa entera está bajo ataque.
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París también prepara una misión defensiva de escolta marítima en el estrecho para cuando disminuya la intensidad de los combates. Pero, mientras los gobiernos europeos se apresuran a proteger territorio, comercio y flujos energéticos, la imagen de fondo sigue siendo una Europa fragmentada, un Washington distraído en múltiples frentes y una Rusia observando cómo suben los precios.
