Es un espejo que, cuando nos atrevemos a mirarlo de frente, nos devuelve algo que a veces olvidamos:

Nuestra capacidad, poder y propósito.

Tenía 18 años cuando descubrí el efecto Pigmalión. Era una edad en la que la libertad me quedaba corta y la rebeldía me explotaba en las manos. Me metí en problemas, crucé límites y defendí la irreverencia como si fuera mi identidad.

Pero, en medio de ese caos, había una verdad: quería crear, quería comunicar, quería escribir. Y nadie parecía entenderlo, entonces recurrí a quien siempre vio en mí lo que yo comenzaba a intuir: esa persona era mi abuelo, le conté mis deseos, mis ganas de estudiar en una escuela que no estaba en los planes de nadie, excepto en los míos, él me escuchó con una atención tan pura que me dio toda la confianza de expresar mis argumentos con mucha claridad y comprendió que a lo que me aferraba, no era un capricho... era como yo proyectaba mi vida en el futuro y así fue.

Recuerdo su mirada: firme y cálida, hoy entiendo que era yo proyectada en él.

Y después, su voz diciendo la palabra que lo cambió todo: ¨Creo en ti. Ahora ve y hazlo¨.

Habló con mis papás, detuvo la batalla y me abrió un camino que yo sola no hubiera podido abrir. A las pocas semanas ya vivía en su casa, a unas cuadras de la universidad.

Y ahí comenzó mi vida profesional estudiando y trabajando, solo así la energía que me rebasaba tomó forma, tiempo y todo comenzó a ser perfecto.

He tenido la fortuna de atraer personas cuya sola presencia funciona como faro. Guías que mi alma reconoce antes que mi mente, mi recordatorio ahora es reconocer mi propia luz y sostenerla.

También he aprendido a mirar a otros con esa misma intención y hacerles saber que creo en ellos y recordarles su grandeza cuando la han olvidado. Sobre todo, estar muy al pendiente de los niños y adolescentes.

A veces solo hace falta una pausa para agradecer a quienes siguen sosteniéndonos y también para mirar a quienes nosotros sostenemos.

Desde la psicología, el efecto Pigmalión explica cómo las expectativas positivas que otros tienen sobre nosotros moldean nuestra conducta y nuestros logros.

Visto desde el alma, es aún más profundo: es el instante en que alguien te mira y, sin darte cuenta, te reconoce. Te refleja tu propia luz.

Las expectativas amorosas son energía, funcionan como oraciones que se quedan en tu campo, como manos invisibles que te levantan cuando la vida te pesa.

Cuando alguien cree en ti, tu fe se expande, y así, el efecto Pigmalión se convierte en una danza entre miradas, confianza y destino, una forma en la que el universo elige a las personas para recordarte quién eres.

Hoy valoro enormemente esas miradas que, después de tantos años, me siguen enseñando.

Pigmalión esculpió una obra que cobró vida, nosotros también podemos esculpirnos con nuestras expectativas, nuestras afirmaciones y nuestra fe interna.

Lo que crees, crea.

Confiar en tu proceso se vuelve un acto sagrado, y también nace una responsabilidad:

La afectiva, porque lo que proyectamos sobre otros puede impulsarlos o limitarlos. Una palabra, una intención o una mirada puede convertirse en puente o en barrera.

Ser conscientes de eso nos vuelve más humanos y amorosos, así que cuando tu mente dude, vuelve a esa mirada que te sostuvo, esa que no vio lo que tenías... sino lo que verdaderamente eres.

Vuelve a ella… y vuelve a ti.

Con cariño: Marcela.

 

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