Tenía 9 años cuando sentí por primera vez algo que no sabía explicar, no era miedo, no era alegría, era un movimiento suave dentro del pecho, recuerdo sentir claridad silenciosa, una certeza que no venía de nadie más, como si algo dentro de mí me avisara antes de que las cosas pasaran.

Me quedé quieta tratando de entender por qué mi corazón sabía cosas antes de que yo pudiera pensarlas, no lo dije en voz alta porque no tenía como describirlo, pero ese instante se quedó grabado en mi piel como el primer momento en que intuí algo. Desde entonces, esa sensibilidad no me ha abandonado, a veces me ha estremecido, a veces me ha salvado, pero siempre me ha acompañado, y hoy puedo expresarla en mis pinturas que al pasar del tiempo sucede lo ilustrado, al igual que cuando leo mis diarios y encuentro la respuesta que en unas hojas más adelante, devela el acertijo que en su momento no entendía.

Es como un radar interno muy fino, que se activa con las personas, con las situaciones, con los silencios, como si mi alma sintiera antes que mi mente. Y aunque de niña no entendía lo que pasaba, ahora sé que esa intuición tan sensible ha sido una de mis emociones más fieles, un puente silencioso entre lo que veo y lo que siento.

La intuición no es energía misteriosa, no es magia, no es suerte, la intuición es el algoritmo de tu cerebro, un sistema que aprende de lo que viviste, de lo que viste, de lo que dolió, de lo que sanó y de todo lo que tu cuerpo recuerda, aunque uno no lo tenga presente, tu mente registra patrones todo el tiempo, un tono de voz, un fuera de lugar, una micro expresión, esa mínima incoherencia entre lo que alguien dice y lo que su cuerpo realmente muestra.

Y es ahí donde nace la intuición, sabes sin saber por qué. Por eso, cuanto más crecemos, más intuitivos nos volvemos, porque tu banco de datos emocional crece y tu algoritmo interno se afina. Todos absolutamente todos tenemos intuición es parte de la condición humana. Si te detienes a pensar y le dedicas tiempo a tus memorias, encontrarás historias de tu radar intuitivo y verás aún más de lo que has sido capaz.

Hay un descubrimiento que lo describe perfecto: en 1997, el neurocientífico Antonio Damásio centra su investigación en cómo el cerebro genera la conciencia, las emociones, los sentimientos, la memoria, el lenguaje y la toma de decisiones, descubrió los marcadores somáticos, y esto es fascinante. ¿Por qué? Porque son reacciones físicas que tu cuerpo guarda. Después de cada experiencia emocional buena o mala, se crean pequeñas etiquetas biológicas, entonces cuando estás por tomar una decisión, tu cerebro consulta su biblioteca emocional y si ya viviste algo parecido, lo reconoce antes que tu razón y te avisa con una sensación en la panza, tensión, presión en el pecho, la piel erizada, sensación de paz, o de vacío, y todo es en fracción de segundos, por eso las personas pueden mentir, las palabras pueden disfrazarse, las acciones pueden confundir, pero tu cuerpo no, tu cuerpo siempre sabe ¡no lo dudes!

Cuando mi hija Mariana me preguntó como sabía si ella tenía intuición recordé el inicio de esta historia, casualmente nos lo preguntamos a la misma edad y le dije lo siguiente:

Uno: entrena el silencio interno ve a tu lugar seguro y detente a sentir, la intuición no vive en el ruido, vive en la pausa.

Dos: no discutas con lo que sientes, la incomodidad y la duda no son un error, son un dato. Yo aquí estaré para escucharte, pero solo tú sabrás qué hacer.

Tres: honra tus corazonadas son tu historia de experiencias procesadas en segundos y conforme vayas creciendo lo sabrás y no dudarás de lo que sientes.

Y, por último: no esperes la validación de nadie, cada persona es diferente y no lo comprenderá porque tu eres la que lo siente, no esa persona.

Hoy a mis 55 años, intuyo que mi cerebro ha guardado todo el plano evolutivo de mi conciencia y también agradezco la memoria celular que habita en mi.

La intuición es tu experiencia disfrazada de corazonada.

Con cariño: Marcela.

 

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