Cuando no perdonar también es un acto de amor propio.

 

En estas fiestas de diciembre, comienza todo a moverse por dentro, las emociones, los recuerdos, las ausencias y las presencias, solemos escuchar un mismo mensaje por todos lados: Para cerrar el año hay que perdonar.

Navidad y Año Nuevo llegan envueltos en esta idea casi obligatoria, de que la única manera de empezar de cero es limpiando el corazón a través del perdón, pero no necesariamente es así.

Durante años nos han repetido la misma frase, casi como un mandamiento emocional, para estar en paz tienes que perdonar.

Lo escuchamos en terapias, en libros de autoayuda, en conversaciones bien intencionadas. Y aunque este mensaje tiene valor para muchas personas también puede convertirse en una presión silenciosa, una exigencia que lastima más de lo que libera.

Porque perdonar no siempre es natural, no siempre es justo, no siempre es lo que el corazón necesita, hay heridas que, aunque sanan, dejan cicatrices profundas y hay procesos internos que no exigen un... te perdono. A veces basta con comprender lo ocurrido, tomar lo que aprendimos, cerrar el capítulo y seguir nuestra vida sin cargar con el rencor, y también sin forzarnos a otorgar un perdón que no sentimos.

No perdonar no significa vivir en discordia, tampoco implica quedarse atrapados en el resentimiento, a veces es todo lo contrario es honrar nuestros límites, es reconocer que ciertas acciones cruzaron líneas que no queremos normalizar, es ejercer la soberanía que tenemos sobre nuestra mente, nuestro cuerpo emocional y nuestra dignidad.

Hay momentos en que decir no quiero perdonar es un acto de profundo amor propio porque obliga a mirar de frente lo que nos lastimó, a poner un alto, a protegernos porque valida nuestra verdad sin pedir la opinión de nadie. Perdonar puede ser un camino, pero no es el único, la paz interior no siempre nace del perdón, a veces nace del respeto, respeto a lo que sentimos, a lo que no estamos listos para hacer o a lo que simplemente no deseamos conceder y eso también es libertad, sanación y es amor propio.

Y, por supuesto, habrá quienes no coincidan con esta mirada y está bien.

Desde mi punto de vista, siempre respetaré la forma en que cada persona transita su propio camino. No escribo para imponer una verdad, sino para ofrecer una reflexión distinta. No escribo para convencer, sino para invitar a mirar con más conciencia aquello que repetimos sin cuestionarlo, a veces por costumbre o tradición seguimos ideas que hemos escuchado toda la vida sin detenernos a sentir si realmente resuenan con lo que somos hoy.

No hay que ceder a lo que sentimos por una expectativa social

Con cariño: Marcela.

 

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