Hay una cualidad humana que el mundo moderno ha confundido con debilidad, cuando en realidad es una de las fuerzas más transformadoras que existen: la ternura.

Vivimos en una época que premia la dureza, aprendimos a cubrir el corazón cuando algo duele, a levantar muros cuando alguien se acerca demasiado, a protegernos antes de permitir que nos vuelvan a lastimar.

Poco a poco aprendimos a estar en modo defensiva, a confundir fortaleza con frialdad y pensar que sentir demasiado era un riesgo.

Pero hay algo profundamente equivocado en esa idea, porque mostrar frialdad, puede hacerlo cualquiera, cerrar el corazón también. Lo verdaderamente valiente es lo contrario: Permitir el contacto sincero y sostener la mirada de otro sin armaduras.

Y quizá por eso creo que las personas verdaderamente tiernas son valientes, porque ser tierno en un mundo que premia la dureza exige coraje.

Implica seguir creyendo en el cuidado cuando otros han elegido la indiferencia y no permitir que las heridas te conviertan en alguien incapaz de sentir.

Las personas tiernas no viven sin haber sido lastimadas, muchas veces conocen muy bien el dolor, la decepción o el desencanto, pero a pesar de eso, toman una decisión silenciosa y poderosa: no tener armaduras.

Ser tierno no significa ser ingenuo, significa haber visto suficiente del mundo para saber que la dureza solo multiplica la distancia… y aun así eligen no vivir desde ahí.

Es una forma de valentía que casi nunca se reconoce.

Con el tiempo también he descubierto algo más, en mi vida hay personas profundamente tiernas, personas cuya presencia tiene una suavidad difícil de explicar. No necesitan imponerse, ni destacar, simplemente están… y algo en el ambiente cambia.

No siempre sé describirlo con precisión, pero cuando estoy cerca de ellas algo en mí descansa, es una sensación de tranquilidad, como si por un momento el mundo dejara de ser hostil.

Tal vez es porque esas personas parecen no tener maldad, o porque su manera de estar en el mundo nace desde el cuidado.

Lo único que sé es que su presencia me hace querer permanecer cerca y me siento segura.

Y en un mundo que tantas veces nos obliga a estar alerta, esa sensación de seguridad es uno de los regalos más grandes que alguien puede ofrecer.

Con cariño: Marcela.

 

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